domingo 8 de noviembre de 2009

Gruñonas reflexiones sobre ese partido que ya no existe

Salió el Atleti a jugar el partido en el que la grada se juega el orgullo y lo hizo con la intensidad de quien juega al bingo solidario.


Desde hace algunos años se viene jugando en Madrid un partido de fútbol - o más bien dos, que se juega normalmente dos veces al año - que enfrenta al equipo antes conocido como Club Atlético de Madrid contra el otro equipo grande de la capital, su rival geográfico, social e histórico. El partido, llamado derbi o derby o vaya Vd a saber cómo y por qué, se llama también el clásico de Madrid y en su momento se comparaba con otros choques entre equipos punteros de la misma ciudad que se celebraban en otras partes del mundo. Liverpool, Milán, Manchester, Glasgow, Londres, Buenos Aires, Rosario, Río, Roma, Sevilla y alguna más tienen también clásicos, partidos entre equipos vecinos en los que se pone en juego mucho más que los puntos que da cada victoria o cada empate. El derbi sirve para abrir o cerrar heridas históricas, hacer apuestas, dejar de hablar con amigos del alma, juntar y romper familias, dejar de ir a bares o ir sólo a otros, recuperar el orgullo o verse obligado a defender la dignidad con labia, argumentos, desprecio o el vuelo de sillas en el caso de que las cosas no hayan ido bien del todo. En todas las ciudades grandes con tradición futbolística la gente es de un equipo y va con esa circunstancia al fin del mundo; busca instintivamente los bares en los que se reúnen sus correligionarios, nunca compraría un coche con los colores del rival, evita para sus hijos los nombres de pila de jugadores del oponente, gusta de los barrios en los que los suyos son mayoría y da cortes de manga cuando pasa cerca del campo enemigo en autobús, aunque éste esté lleno y se asusten mucho las señoras mayores. La gente es de su equipo y por tanto ve en el rival la perfecta metáfora de la infección vírica a gran escala, el símbolo de todos los males, injusticias y trampas, la causa de todos los problemas y la diana de todos los odios. Esto, naturalmente, siempre ha pasado en Madrid, ciudad en la que la gente respetable y de fiar siempre ha sido del Atleti y, el resto (junto con gran cantidad de no aficionados, turistas japoneses y hombres de negocio con contactos y corbata), de su molesto rival del norte.


El clásico de Madrid, derbi castizo y pasional que ha dejado páginas y páginas escritas sobre la lucha entre el bien y el mal, este último revestido del infecto color blanco, ya no se juega. Hace años que lo sospechábamos, pero ahora ya lo sabemos. Y no es que se haya dejado libre su fecha en el calendario, no, que se aún aparece en las quinielas y en los periódicos. Y no es que las partes hayan preferido llegar a un pacto de no agresión y empatar siempre para evitar las grandes cantidades de muebles arrojados por las ventanas, adolescentes rebeldes expulsados del hogar familiar y conventos incendiados que seguían a los partidos, no. Tampoco ha intervenido la OTAN, como se venía reclamando desde Amnistía Internacional, ni ha sido obra de la mediación de la Comunidad de San Egidio o de una ONG de intelectuales con gafas ni de un importante Club de Ajedrez. El clásico ya no se juega, qué cosas pasan, porque a una de las partes se le ha olvidado lo que era.


Desde hace unos años, cifra exacta que no reproduciremos por si estas líneas las lee algún señor mayor que se pueda llevar un susto, en el Calderón ya no se juega el derbi. No se trata de que no se gane al rival, de que se pierdan partidos que nunca se debieron perder, de que se reciba siempre un gol en los primeros minutos, de que se violenten lastimosamente las cifras que muestra la historia. No se trata tampoco de que los equipos que el Atleti saca en esa cita anual no estén a la altura no ya de su historia, sino de la historia de su filial, ni tampoco del atentado a las buenas costumbres que supone que, desde hace años, en un día tan importante para afición y estadística ande por el campo saludando al respetable un mapache mellado lleno de lamparones. No es tampoco cuestión de superioridad futbolística de uno sobre otro, ni de disparidad en el número de puntos obtenidos ni del número de errores arbitrales sufridos por los locales, ya parte tan integrante del clásico como la porra de bar, la llamada del cuñado impertinente y las discusiones con el departamento de contabilidad en pleno. Sencillamente, el derbi dejó de ser un derbi y se convirtió en un partido normal, en uno más, un partido intrascendente de resultado previsible, una página más en una guía de teléfonos. Un partido que el rival prefiere no perder pero que sabe que va a ganar, y, sobre todo, que no va a tener que pagar con sangre, sudor y lágrimas el haberse metido en un avispero. Un petardo, oiga.


Todo esto no es cosa nueva, pasa desde hace unos años, es la crónica de la anunciada muerte de un partido histórico que presagia un fin quizás similar para una de las entidades que hay detrás de él. Desde hace unos años, y en especial desde que sobre el club recae la maldición de ser gestionado por una pareja cómica que, de ser protagonistas de una serie de dibujos animados serían probablemente interpretados por un erizo bajito con traje azul y un lenguado alto y delgado, el derbi ha quedado para lo anecdótico y nunca para lo esencial. El derbi ya no es un partido a cara de perro del que salir rabioso pero orgulloso cuando se pierde, o feliz hasta el infinito cuando se gana. El derbi ha quedado para que los reventas hagan frente a la crisis y para que aquél al que le sobra una entrada le de una alegría a un cuñado. Ha quedado para que cuando uno se cruza en el ascensor con el vecino en vez de mirar al suelo diga bueno y hoy qué, a ver, yo creo que ganáis, no sé, no creo, son muy malos, bueno, este es mi piso, hala, hasta luego. Ha quedado para que la policía lo pase pipa estrenando sus juguetes en los alrededores del campo y puedan dedicarse a su divertimento favorito: tutear al ciudadano con aire amenazante escondidos tras un pasamontañas, un casco blindado, una coraza de samurai y una porra de reglamento. La policía también exhibe coqueta sus caballos, todos la mar de bonitos y bien cepillados, sobre todo un alazán altísimo que es un clásico en el estadio y cuya cabeza cualquier día vemos sobresalir por encima del segundo anfiteatro pidiendo más intensidad defensiva a Jurado. Uno diría que en los últimos años los más felices tras el derbi son los policías acorazados, que vuelven a casa con los ojos brillantitos y cuelgan el casco en el perchero y le dicen a su señora hola cariño, mira, hoy vengo contento, hoy amenacé al contribuyente sin ningún tipo de modales y con ese aire tan nuestro de decir mire yo tengo una porra y malas pulgas y si Vd muestra lo mismo desde su lado, le aporreo ayudado por mis compañeros y además le detenemos, le llevamos a juicio y testificamos todos a una diciendo que fue Vd el responsable de la pérdida de Cuba. La fuerza pública necesita motivación, oiga, de alguna manera habrá que tener contenta a la muchachada.


Aunque el ambiente pre partido pueda ser algo más especial de lo normal, una vez dentro del campo el derbi dura poco. Y es que desde hace unos años el Atleti, equipo que cada vez aparece en público en menos ocasiones, no aparece en el derbi y, lo que es peor, tampoco lo hace la afición. En día de derbi es cierto que acude más gente al estadio y es verdad que el ambiente es algo más intenso que en otros partidos, pero la grada, obviamente contagiada por lo inoperante de los jugadores, no vive el partido como debiera ni como le gustaría. La grada, resignada, va al campo esperando un resultado negativo que últimamente por desgracia se suele confirmar y, hastiada, ya hace poco por evitarlo, por contribuir mínimamente a ayudar a unos jugadores que, por lo general, ni merecen la ayuda ni sabrían qué hacer con ella. La grada vive el partido con nervios pero sabedora de que lo normal es que pronto se disipen, una vez se encuentren con el gol en contra y, lo que es peor, con la sensación de indolencia y desidia que muestra el equipo últimamente en estas ocasiones. La grada vive el gol rival con la resignación del que sabe lo que va a ocurrir y no va a poder evitar, y con la desesperación del que sabe que el llamado a evitarlo no tiene ningún interés en hacerlo. La grada ya no ruge como antes, quizás harta de hacerlo sin resultado, quizás por no asustar a sus propios jugadores quienes, frágiles como alevines, ausentes como enfermos anestesiados e impotentes como los pobres clientes del mayor anunciante de la revista oficial del club, salen a jugar contra el enemigo histórico con el único objetivo de obtener una camiseta del rival para su sobrino, que es que se le acaba de caer un diente y le haría ilusión, al chico.


Como el derbi ya no es derbi ni nada que se le parezca, durante el mismo pasan cosas increíbles a ojos del que vivió el partido en otras épocas. Por ejemplo, para asombro del respetable, durante el derbi de ayer se pudo ver a varios jugadores trotando con aire de niña que va de picnic campestre mientras se replegaba el equipo, ajenos a la urgencia de recuperar la posición cuando el rival contraataca; en este apartado destacaron Cléber y Jurado, auto investidos en jugadores sin obligaciones defensivas, y Reyes, de nuevo luciendo despiste y ausencia. Si en el pasado algún jugador hubiera vuelto al trote tras perder un balón en un partido similar, no sólo habría recibido la ira de la grada sino que se las habría tenido que ver en el vestuario con algún compañero con bigote; ahora se reclama la titularidad de los protagonistas y se les ovaciona cuando salen. Pudo verse también el asombroso espectáculo de un rival celebrando un gol con un ridículo baile simiesco, haciendo pareja artística con otro compañero; ambos jugadores, por cierto, protagonizaron hace poco tiempo uno de los episodios más lamentables que uno recuerda en un campo de fútbol y son ahora ídolos de su señorial afición. En el pasado un gol en el Calderón se celebraba con la urgencia del que no quiere perder la concentración, sabedor de que el rival es mucho rival y que un momento de despiste conduce a la derrota; ahora se celebra bailando el bimbó y a la gente le parece bien. Pudo verse a un jugador local intercambiando su camiseta con el portero rival al medio tiempo, con cero dos en el marcador y a los ojos de todos. Pudo verse por televisión a un empleado del club, vestido con el uniforme de la empresa de seguridad que vela por la tranquilidad en la grada, haciéndose fotos entre risitas con el portero rival, en el césped del estadio y en directo para toda España; cuando este mismo empleado acuda a quitar alguna de las pancartas que desde el palco exigen retirar por cometer el pecado de llamarles por su nombre, imaginamos que llevará orgulloso la foto del enemigo como salvapantallas del móvil (eso sí, al menos no se le podrá acusar de incoherente). Y es que por más que la gente pueda ser del equipo que le dé la gana, antes había cierta discreción a la hora de trabajar para el enemigo.


- Bueno, y del partido de ayer ¿no dice Vd nada?

- No


Bueno, sí, sí digo, pero poco. Poca cosa. Que Ujfalusi fue quizás el mejor, siempre dispuesto a ofrecerse y con mucho acierto en entradas por la banda y en el pase. Que el Atleti es un equipo inocente que no alcanza a entender ni aprovechar cuando el rival tiene defensas con clara querencia a la tarjeta amarilla hasta que no sale Agüero. Que salir con Cléber, Jurado y Reyes juntos es dar demasiada ventaja a un rival que tiene jugadores en edad adulta. Que Raúl García debe estar pensando que por qué nadie le ayuda, por qué siempre tiene que correr por tres y bailar con la más fea. Que Asenjo tiene serios problemas a la hora de saber dónde queda exactamente la portería a su espalda, y esto no es especialmene tranquilizador. Que Perea, tras años de pifias, no ha conseguido entender que no debe sacar el balón jugado y limitarse a hacer lo poco en lo que no aporta riesgo de desgracia. Que Perea, siendo un desastre, no es al único que hay que pitar cada vez que la toca. Que Forlán está peor que nunca, impreciso hasta la desesperación en los controles y con una obcecación con el gol poco sana. Que Simao debió marcar la que tuvo o dársela a Forlán, que le acompañaba en buena situación, y que debió explotar más el tener frente a él el lateral con menos seso del fútbol mundial. Que Pablo quizás cometió errores y tuvo aciertos, pero fue el único que tuvo la torería de salir al sprint cuando salió su número en la tabla del cuarto árbitro, demostrando que a él sí le preocupa perder tiempo cuando el equipo pierde. Que contra un rival limitadito encajar tres goles en tres tiros que van dentro es un dato preocupantísimo. Que Jurado probablemente signifique “intrascendente” en el idioma de los antiguos tartessos gaditanos y que Sinama Pongolle debe ser un plato etíope preparado principalmente en las bodas de los primogénitos. Que Quique tiró un tiempo a la basura, sacando un equipo con demasiados jugadores blandos indignos de jugar en el Atleti y menos en un partido así. Y, sobre todo, que Agüero, aún lejos de su mejor momento, es totalmente necesario en este equipo, más aún cuando su compañero de ataque pasa un momento de juego nefasto que lastra a todo el resto. Que la afición pasa con demasiada facilidad de gritar “jugadores, mercenarios” a bailar al alegre son de las canciones infantiles y que evita gritar contra los responsables únicos del desaguisado con una inconsciencia suicida. Que resulta del todo increíble que se ovacione al final del partido a unos jugadores que sólo jugaron quince minutos y consiguieron maquillar un resultado vergonzante tras un partido que pudo acabar en humillación aún mayor. Que una afición a la que es sencillo acallar subiendo con un mando a distancia el volumen del himno al final de cada partido tiene un serio problema de irresponsabilidad. Y que el año sigue pintando de lo más feo. Muy feo.

domingo 1 de noviembre de 2009

De lógica, desesperación y esperanza

Jugó el Atleti en San Mamés y, cuando la afición esperaba ver algo que le invitara al optimismo y al convencimiento de que ya está aquí la nueva era, casi nada cambió.


Tras nueve jornadas, que es un cuarto de la liga, el Atleti está en descenso. En descenso. Hombre, si esto no ha hecho más que empezar, no sea Vd cenizo, no es para tanto, la liga es muy larga, esto tendrá que funcionar más tarde o más temprano, ¿o es que cree Vd que no vamos a ganar ningún partido este año? ¿piensa Vd que ni el Kun ni Forlán van a volver a marcar nunca, piensa que este año todas van a ir al palo? Tranquilo, hombre, son rachas, ya cambiarán, el Atleti es así, el sábado sin ir más lejos se juega en casa contra el otro equipo grande de la capital y el Atleti, que hace lo que nadie espera por más que ya esperemos que haga exactamente lo contrario de lo que sería lógico esperar, lo mismo gana. Y además, ¿qué esperaba Vd? Quique lleva horas, HORAS como entrenador, no ha tenido tiempo de cambiar nada, no esperaría Vd un cambio radical, ¿no? No, uno no esperaba nada, uno sabe que llevamos poco tiempo de liga y que hay tiempo para enderezar las cosas y que con esta plantilla quizás no se pueda esperar tanto como nos han vendido pero tampoco hay que pensar que nos vamos a Segunda así de sopetón, pero cuando uno abre el periódico y se va a la clasificación de Primera tiene que bajar mucho la vista, y pasar de largo los puestos agradables y seguir bajando el cuello y pasar la tierra de nadie y el lugar donde se hace feo y seco el paisaje y aún así hay que seguir bajando y bajando hasta los puestos que están en rojo porque, tras nueve jornadas, que es un cuarto de la liga, el Atleti está en descenso. En descenso.

En fin. Llegaba el Atleti a San Mamés, que es un estadio que, en contra de lo que cuenta la leyenda, a uno le gusta especialmente porque no sólo está en el centro de la ciudad sino que además cuando uno ha ido por ahí le han invitado a aperitivos, digestivos y copas largar sin dejar espacio a la negativa, y la cosa no pintaba bien, pero tampoco mal. El Athletic no estaba en buen momento y el Atleti debería aprovecharlo. La llegada del nuevo entrenador siempre ayuda a intentar ver las cosas un poco mejor que antes, y si la prensa colabora pues ya ni les cuento yo a Vds. Tras el partido de copa contra el Marbella la prensa hablaba de mejoría y de cambio y de aires nuevos y hubo quien habló de revolución, y no crean que es esto una chanza que hace el que suscribe, no, no, qué va, hubo quien habló de revolución y se publicó y todo y ni se rieron en la reunión editorial ni despidieron al autor del artículo ni le tiraron el ordenador por la ventana ni le pegaron en la espalda un cartel que ponía “humorista”. Nada de eso, eso no, pero hombre, ¿en qué mundo vive Vd?

En fin. Llegó el Atleti a San Mamés, que es un estadio viejo pero con solera que van a echar abajo como tantos otros para construir un nuevo estadio, más cómodo y moderno que permita a los socios estar más contentos mientras ven a su equipo. Y no lo harán en la otra punta de la ciudad ni al lado de una rotonda atascada ni cerca de una zona urbana que no tenga nada que ver con el equipo, no. Tampoco lo harán de forma chusca y de semi-tapadillo, firmando convenios que luego deban ser refrendados por cartas de intenciones sujetas a la confirmación de las partes por medio de un protocolo de más intenciones que en algún momento deberá cristalizar en un plan urbanístico, sino contando lo que hay dentro de lo poco que se cuenta en este país. Tampoco irá adornado el traslado del estadio con la foto de un alcalde posando junto a un par de señores condenados por un juez precisamente por quedarse por la patilla con ese estadio que ahora venden por treinta monedas, ni lo hará un alcalde conocido por meter a su ciudad en líos monumentales para su mayor gloria personal, ya sea a costa de la salud de sus ciudadanos, de la fealdad de sus calles, de destrozar lo poco que quedaba de buen vivir en la zona o de achicharrarlos a impuestos. San Mamés se irá abajo y a pocos metros nacerá otro estadio que permita a la gente ir al fútbol como siempre, pero más cómodos. A pocos metros. Más cómodos.


En fin. Salió el Atleti vestido de negro y con un pantalón rojo con ribetes azulitos y ante este inicio descriptivo uno se esperaría medias verdes con la vuelta naranja pero no, no fue así, las medias eran rojas, miren Vds. Salió el Atleti con un nuevo entrenador y la alineación y el dibujo de siempre, algo lógico dado el poco tiempo que ha tenido el hombre para conocer a los jugadores, lo cortito de la plantilla y lo triste del banquillo. Salió en fin el Atleti con los de siempre más o menos, con lo que ello supone: durante la temporada del Doblete hablábamos de los de siempre y se nos iluminaban los ojos y pensábamos si preferíamos a éste o a aquél con la inocencia de los que aún no conocíamos del todo a los que llevan el club y nunca habríamos sospechado que la mitad de ese equipazo sería defenestrado poco después; ahora sin embargo hablamos de los de siempre y nos encogemos de hombros y ponemos cara de decir pero qué quieres tú, es lo que hay, no hay más, fíjate que yo habría sacado a los mismos más o menos, es lo lógico.


En fin. Esperaba la afición algo que le hiciera notar la mano de Quique y durante los primeros minutos el Atleti presionó más arriba, apareció más junto y plantado de una forma algo diferente a los últimos partidos, con más intensidad, con más apoyos. Todo esto, durante quince minutos, no crean Vds que se pasó así la noche el equipo. Si a los doce minutos Maxi llega a meter dentro un balón que se le fue al poste tras un fallo del portero rival, o si entra el tiro de Agüero de después, quizás estaríamos hablando de otra cosa. Pero no sólo pasó eso sino que pasó lo contrario, y pocos minutos después marcó de cabeza el Athletic en la primera que tuvo. Pasó, cómo no, a balón parado. Pasó, cómo no, en el segundo palo y tras una falta lateral, como contra el Mallorca, lo ya casi lógico. Pasó que Javi Martínez, un jugador de veintiún años que ha pasado de ser interesante a ser interesantísimo, remató con cierta facilidad y bastante autoridad un balón que llegaba a la zona que Maxi, que intentó llegar con un saltito, y Raúl García, que se vio arrollado por un rival más alto que llegaba en carrera, defendían con algo de blandura. Uno cero, normalmente habría tiempo de remontar, normalmente se debería seguir igual, normalmente un equipo que quiere hacer cosas grandes encaja un gol sin que por ello se caigan todos y cada uno de los palos del sombrajo. Pero esto es lo que ocurre normalmente, oiga, no siempre, que eso sería lo lógico.


En fin. Ocurrió que el Atleti jugó el resto del primer tiempo apabullado por el Athletic, sin dar abasto para controlar a un rival que no aportaba más que kilómetros y entusiasmo gracias a conocer sus propios límites y a una grada que también los conoce y aporta lo que puede. En el Atleti el centro del campo corría y corría sin mucho sentido y Assunção se llevaba una amarilla que supone su ausencia en el próximo partido y, de paso, un problema gordo para el entrenador. Parecía que Raúl García debía llevar más peso del juego, pero la presión del rival le impedía tener el tiempo suficiente para darle algo de aire al juego local. Delante, Maxi aparecía de la nada como en él es costumbre, pero entre aparición y aparición su aportación era discreta. Agüero lo intentaba sin descanso como suele ser norma en estos últimos partidos, pero como también viene siendo norma el Kun se ve más lento, menos explosivo de lo que necesita, incluso con menos confianza en él mismo de la que tenía hasta ahora. Para colmo de males Forlán, el jugador que hizo un partido asombroso hace no mucho tiempo en ese mismo estadio, jugaba mal, dando la mayoría de pases al contrario, corriendo sin sentido, lejos del jugador con criterio constante del año pasado. Y si en un equipo limitadito ya de por sí los buenos no juegan como acostumbran ni contagian al resto ni les salen las cosas pues se acabó, la desesperación total, apaguen y vayámonos, que es subjuntivo.


En fin. El segundo tiempo fue engañoso. Engañoso porque pareció que el Atleti jugó mejor, cuando lo que en realidad ocurrió es que el Athletic desapareció de la faz de la tierra. Agotado, el equipo local se limitó a capear el temporalillo, la marejadilla que no llegaba ni a mar arbolada ni a marejada siquiera, un oleaje tímido en el mar de Alborán, la onda creada por la piedrecita lanzada al lago por el Atleti. Es cierto que el Atleti pudo ganar, pudo marcar al menos dos veces si los palos se mueven un poquito en el momento oportuno, uy uy, yo me quito de aquí que ha tirado Forlán, para una que le sale bien no voy yo a quedarme quieto. Pegó un palo Forlán y pegó otro Agüero, pero ni así marcó el Atleti ante un rival muy limitado. El segundo tiempo sirvió para varias cosas: sirvió para hacer de la mala suerte una coartada a los menos críticos y para convencer a los delanteros de que sigan intentándolo. Sirvió también para alimentar el debate sobre los porteros, en el que la afición no sabe bien cómo alinearse. Cada portero, sea De Gea o Asenjo, consigue con sus actuaciones que la grada se plantee si no es mejor que salga el otro: éste no sale por alto, éste sale demasiado, éste duda en las salidas, éste sale y hace penalti, éste es sobrio pero quizás se crea mejor de lo que es, éste es un palomitero y se fía demasiado de su plástico salto lateral. Asenjo hizo cosas bien y Asenjo hizo cosas mal, pero mucha fe hay que tener en el chaval para afirmar que transmite la seguridad necesaria como para espantar debates. Si a esto se le une el lastimoso estado de Antonio López y el baile general en el centro de la defensa (ayer sin Domínguez pero con Pablo y Juanito; el segundo, invisible y el primero, quizás llamado a tapar a Llorente, rápido al corte y obtuso en el despeje, empeñado en mandar balones a la grada en situaciones en las que los centrales solventes salen jugando y recuperando la iniciativa para el equipo), la añorada seguridad defensiva se antoja lejana. Pero así están las cosas, y si no hay equipo y no hay banquillo y no hay tiempo para hacer cambiar las cosas y además no hay puntería o suerte, la cosa se pone fea. La desesperación ante la inoperancia de la delantera que era de garantías hasta hace poco, la desesperación ante la portería que creíamos bien cubierta y que ahora parece llena de agujeros, la desesperación del calendario que viene.


En fin. Por si esto fuera poco, el martes llega el Chelsea, que además lo hace en buen momento. Y el sábado llega el otro equipo grande de la capital, ese que últimamente suele marcar en los primeros cinco minutos y dejar a la grada con cara de tonto. Para ese partido no estará Assunção, indiscutible en los últimos tiempos sea por sus prestaciones o por la ausencia total de alternativas. En un partido en el que habrá que atar corto al centro del campo rival, el Atleti pierde uno de sus puntales defensivos más fiables. El nuevo entrenador tiene una semana para desfacer el entuerto planteado, para ver si juega con Cléber y su querencia al espacio vacío o con Jurado (cuya presencia en esta crónica es proporcional a su trascendencia en el partido de ayer) y su querencia al espacio vacío y el pase al rival. Quizás se acuerde de Camacho, otra víctima del síndrome Domínguez, canteranos llamados a jugar un único partido de vez en cuando, siempre un partido difícil. Los precedentes, la dinámica del equipo y la falta de puntería de los delanteros no invitan al optimismo. Precisamente por ello, precisamente por que siempre esperamos que el Atleti haga lo que nadie espera por más que ya esperemos que haga exactamente lo contrario de lo que sería lógico esperar, seguiremos creyendo y pensando, en contra de toda lógica, que quizás gane el miércoles y el sábado.

En fin.

miércoles 28 de octubre de 2009

BREVE CRÓNICA DEL DEBUT DE QUIQUE SÁNCHEZ FLORES EN MARBELLA

(por Fran Omega, enviado especial al bar de enfrente)


En Marbella tenía que ser. Qué gracia. Ni hecho adrede, oigan. Con lo que han paseado los de la Dinastía Flores por esas (preciosas) calles. Y con la de veces que el Atleti se ha presentado en ese Estadio, desde aquella en la que el recién elegido Moby Gil, estrenó su presidencia llevando a los nuevos fichajes de paseo, por una ciudad que llenó de pegatinas con la leyenda "Presentación del Nuevo Atlético" y montando un fiestón en ese casino que está frente al Puerto Banús, tras una victoria de trámite del equipo de los Futre, Parra, Goiko, Alemao o Salinas, con Menotti a los mandos y Abel, el Abel-bueno, bajo los palos.

Así que allí, en ese Estadio Municipal de Marbella donde empezó todo, donde nació La Marca, pero también donde este humilde aficionadillo vio por primera vez al Atleti del Doblete (con goleadita al Zaragoza) y también a la mayoría de los "nuevos atléticos" que iban naciendo año tras año; se presentó el primo de Lolita Flores como nuevo entrenador atlético. Qué curiosa coincidencia. Qué extraña confluencia de pasados históricos.


Pese a que el último precedente conocido en estas circunstancias era moralmente lamentable, aunque optimista en cuanto a lo que puede llegar a significar el cambio de un entrenador (ya saben, de cuando este equipo, tras un par de meses arrastrándose, durante la fase final del Aguirrismo, salieron a arrasar al pobre Recre, en el estreno de Resino) poco se podía esperar de este Marbella-Atleti copero, un día después del primer entrenamiento dirigido por Quique, y después de pasadas una semana y tres días, respectivamente, desde los inmediatos ridículos de este equipo que ha dejado de serlo.

Poco se esperaba y poco se obtuvo. Hombre ... comparado con lo que han sufrido otros en parecidas circunstancias, lo del Atleti ha sido una visita al Balneario, como ya anunciaba su alojamiento en el más famoso de ellos, el Incosol.

En consecuencia, una vez leídas las opiniones de Castelao en El Mundo, de Cuéllar en ABC, de mi tocayo Villalobos en Marca, e incluso los desatinos del periodista-estrella(do) de As o del desastroso comentarista de GolTV; uno está más o menos de acuerdo en lo fundamental: que el partido fue facilito, que el rival fue un sparring y que eso de jugar un partido tranquilo, no lo recordábamos los atléticos, porque es probable que hayan pasado años. Viva el Marbella, por lo tanto.

Dicen las crónicas de "los expertos" que hay que ver qué bien juega Jurado en ¿su sitio?, que hay atisbos de recuperación en Reyes, que ayer hubo doble pivote y unas cuantas cosas más.

Yo, en cambio, no vi nada de eso. Jurado estuvo como siempre, haciendo cosas bonitas que no sirven para nada; no puede haber un pivote llamado "doble" si una de las partes es Cléber, porque va camino de ser el jugador más intrascendente e invisible de la Historia del Club, y Assunçao acabará demandándole por daños y perjuicios, un día de éstos.

En cuanto a Reyes, ha mejorado sus prestaciones, en efecto. Es lo bueno de tener la nada, como punto de comparación; y es la ventaja de tener al lado a Sinama, o sea Osinaga, cuya desesperante reiteración en el histérico desatino, en el tropiezo, en la precipitación, en la torpeza, e incluso en la mala suerte, cuando de repente acierta de modo accidental y va y le sale un tiro al poste, le colocan a la altura de Cléber (porque resta, mucho más de lo que suma) y convierten en buenísimo a cualquiera, por contraste.

Sin embargo, como no he leído nada al respecto, me pregunto si me traicionó la vista, o fallo lamentablemente, al haber visto la mayor novedad introducida por Quique: la posición de Simao en el campo.Yo juraría que su salida mejoró al equipo en un 200%; porque hasta entonces vagaba por el campo, defendiendo con el mínimo esfuerzo la mínima renta; y, con el 20 en el campo, se vieron los mejores minutos del equipo.Y yo vi a Simao por el centro, nunca en banda. Le vi moviéndose por esa zona que determinados periodistas le quieren regalar por la cara a Juradito, y le vi haciendo, pero de verdad, eso que dicen que hace el mediofantasista/mediopensionista: mover al equipo, pasar con criterio, darle dinamismo al juego y, sobre todo, algo que hacía tiempo, mucho, mucho tiempo, que yo no le veía hacer a nadie: meter pases al hueco. Qué tío. En uno de ellos, apareció de la nada Maxi, como suele o como solía y esperemos que vuelva a acostumbrar, y llegó el 0-2.

¡Ah, sí! ¡Mi compromiso de ayer!: "Hacía tiempo que no veía a un lateral atlético haciéndose dueño de su banda". Y ayer, Ujfalusi llegó hasta el fondo, dio una asistencia de gol, y encima fue gol. Que lo marcase uno de los suyos, es un detalle supérfluo. Vamos a lo que vamos.

domingo 25 de octubre de 2009

Crónica inquisitiva del Atleti – Mallorca

¿A qué fue ayer la gente al Calderón? ¿Qué espera la afición del los partidos en casa? ¿Para qué seguimos yendo al campo si sabemos que lo más probable es que salgamos enfadados con el mundo? ¿Se acabará perdiendo la interrogación inicial en el lenguaje escrito por culpa de los e-mails, los sms y los anglosajones?


El día en el que el Atleti volvía a casa tras los petardos de Pamplona y Londres, el Calderón estaba casi lleno. Quizás fuera cosa del horario. Las seis es una buena hora para ver el fútbol. Da tiempo a comer, da tiempo a tomar café, da tiempo a ir a tomarse una caña después del partido, da tiempo a casi todo lo que daba tiempo hacer antes, cuando el fútbol era a las cinco. Quizás fuera el tiempo. Ayer hacía bueno, hacía solecito el día antes del cambio de horario, ese día que da tanta rabia porque aunque se duerma una hora más se pierde una hora de luz y por tanto casi de vida. Quizás fuera alguna otra causa la que llevó al aficionado colchonero a acudir al estadio al que antes acudían a millares los que gustaban del fútbol de emoción y ahora acuden en el mismo número multitud de zombies buscando una respuesta a sus preguntas más profundas.

¿Acudió quizás el aficionado atlético a ver si era verdad que su equipo se había convertido de una vez por todas en el equipo chico que se vio el miércoles contra el Chelsea? Puede ser. Mire, yo es que el miércoles ví un equipo que no era el mío pero que vestía como el mío, y venía aquí a ver si es que se habían equivocado en la televisión -ah, pues sí, es aquí, pase, pase, oiga. El miércoles vimos un atleti pequeñito y con minúscula, quizás el más pequeño que uno recuerde. Un atleti sin A grande con los ojos como platos al salir al campo y ver un rival del que sólo había oído hablar por la tele, un equipo con estrellas y entrenador y todo. El Atleti, o más bien sus jugadores, salieron en Stamford Bridge a que no les pegaran una paliza, a ver de cerca a sus ídolos, a aguantar lo más posible el cero a cero y evitar la goleada. A pedir la camiseta a ese tan alto que sale en los anuncios, a ver si alguno me ve y se fija en mi y me ficha, eso sí que estaría bien pero no sé yo si sería posible, con esta panda alrededor no hay quien haga un buen partido. El miércoles salió el Atleti en Londres con la actitud con la que la mayoría de rivales salían antes en el Calderón y, naturalmente, le fue como a la mayoría de rivales les iba antes en el Calderón.

El aficionado que fue a constatar lo intuido en Londres y también en Pamplona no salió ayer defraudado. El Atleti, en efecto, empieza a comportarse también como un equipo chico en casa. Tiene miedo a ganar cuando va por delante en el marcador, tiene pánico a arriesgar y a llevar la iniciativa, está incómodo en las situaciones más cómodas. Y no es el único signo. Poco a poco, desde el año pasado, la línea de cal se va alejando de la grada a medida que los responsables deciden estrechar el campo para evitar que los extremos rivales desborden a nuestros laterales. Quizás sea una maniobra de la directiva para que el colchonero miope se vaya acostumbrando a lo que va a vivir cuando el equipo se mude definitivamente a la Peineta y no vea ni el número en la espalda de los suyos. Quizás sea un intento de evitar que desde la grada lluevan los tomates a los jugadores, o al menos que sólo impacten los lanzados por los aficionados con mejor brazo. El Calderón, que ya va perdiendo muchas de las cosas que le caracterizaban (salvo la mugre en la grada y el insultante estado de los baños) pierde ahora también sus dimensiones y se transforma en un campo estrechito y cómodo para defender con poca cosa, incómodo para el que busca los espacios, un campo pensado para equipos chicos con poco fútbol que pelean por no ser arrasados por los equipos que juegan por las bandas, con rapidez o, ¡oh, ironía!, al contraataque.

¿Acudió quizás el aficionado medio a ver a Santi Denia en su nuevo papel de entrenador? Es posible. Santi Denia, aquel jugador que destrozó los postulados del darwinismo deportivo al demostrar que, en contra de de lo que la lógica y la experiencia indica, no todo central mejora con los años en posicionamiento y entendimiento del juego, se sentaba en el banquillo del Atleti. Si a aquellos que sufrimos sus últimas temporadas como jugador en el Atleti nos dicen en su momento que Santi Denia iba a ser entrenador del primer equipo al menos por unas horas nos habría dado una risita nerviosa y no habríamos sabido si tomarlo a chufla o tomar tila. Santi Denia, quien dijo unos minutos después de que cesaran a Abel, con quien en teoría había formado equipo, que ser entrenador -parche por unas horas era un sueño hecho realidad en un asombroso ejercicio de equilibrio entre la traición y la idiocia, se sentó en el banquillo vestido de traje y sacó un equipo titular aceptable. Santi Denia sacó también a De Gea para así lubricar su puesta de largo ante la afición, yendo de la mano de un chavalito de la casa para que la gente pusiera la cara esa que se pone al ver que llega una sobrina disfrazadita de ratón justo antes de decir oooohhyquémoOOoonaa. Con esa intuitiva y tribunera decisión Santi Denia contribuyó a erosionar la figura de Asenjo, quien apareció ante la afición como el culpable de lo ocurrido en Londres aunque no fuera el único. También contribuyó a erosionar la figura de De Gea, quien completó una actuación bastante mala y así, de paso, contribuyó a cargarse a los tres porteros del equipo, los tres veinteañeros o casi veinteañeros a los que la astuta dirección deportiva del equipo, personalizada en el mustélido Pitarch, ha encomendado la misión de jugar liga y champions este año. No sería la única decisión brillante de Santi Denia quien, como entrenador, parece que será fiel a su característica principal como jugador: nunca una sola pifia por partido, nunca una pifia monumental puede considerarse la peor pifia de la que es capaz Santi Denia.

¿Acudió quizás la afición a ver a los canteranos? Es posible. Quizás fuera a ver a Domínguez. Domínguez ha jugado pocos partidos con el Atleti, pero siempre bien. Y siempre partidos complicados. Liverpool en casa, Villarreal fuera, Valencia en casa, Chelsea en Londres. A Domínguez se le pide siempre bailar con la más fea y no sólo acepta, sino que se defiende en todos los ritmos. Quizás no sea Fred Astaire, pero nadie se lo pide. No se encuentra extraño en el medio de la pista, asume con naturalidad los cambios de compás, no rehuye la pareja que le toque en suerte por más que sea grandota,calce un cuarenta y siete y tenga cintura de obispo. El premio hasta ahora han sido ausencias largas, fichajes de jugadores en su misma posición y la exigencia de que tenga toda la paciencia del mundo. Quizás ahora cambie el cuento.

Es posible también que la afición acudiera a ver a De Gea, pero esto es poco probable. Su titularidad fue una sorpresa para todos. De Gea fue ovacionado nada más aparecer y, todo hay que decirlo, lo hizo bastante mal. Hizo una salida alocada en el primer tiempo, una aún peor en el segundo que pudo acabar en gol y pudo hacer más en el gol del empate. No sabemos en qué situación están ahora mismo Asenjo y De Gea, pero se ha gestionado mal su coexistencia. Asenjo, señalado por el banquillo tras lo de Londres, parece pagar los platos tras una discusión con Abel, que ya no está. Raro. De Gea, tras dos primeros partidos prometedores dio ayer sensación de andar muy verde. Roberto, lesionado al poco de aparecer y goleado nada más debutar, quizás tampoco sea una alternativa a día de hoy. Al nuevo entrenador le ha hecho la vida aún más difícil Santi Denia con su brillante decisión de ayer.

¿Acudió la afición a ver al resto del equipo? Es posible. Quizás quería ver si Forlán ha salido de esa mala racha de los últimos partidos y saliera convencida de que no: Forlán falló un penalti que todos intuimos que iba a fallar y marcó luego otro sobreponiéndose a la situación en un gesto que le honra. Aún así, no dio casi ninguna a derechas. Quizás la hinchada quería ver si Kun sigue tan peleón y tan desafortunado como últimamente y salió convencida de ello. Quizás quiso ver si Simão va para arriba y lo confirmó. Es posible. Es posible también que quisiera ver al Maxi de las grandes ocasiones, que apareció un rato al principio del partido, o al Maxi desaparecido de ya demasiados partidos, que estuvo más rato aún en el campo. O bien querían ver a Antonio López, de nuevo flojo y desmotivado, o a Ujfalusi, mal en todo el partido aunque con el atenuante de que al menos lo intenta, se muestra al compañero, no se esconde.

Quizás acudiera la afición a ver la vuelta de Raúl García, puede, puede. Mientras Raúl García y Assunção estuvieron en el campo, el equipo dio sensación de controlar el partido y de mantener lejos al rival. Pero, ay, tras el descanso Santi Denia sacó a Assunção y entró en el campo el artista antes conocido como Jurado. Contra un rival con diez, no parecía una mala decisión. Pero a Raúl García, comoes lógico, le falta fondo y no puede hacerse con el centro del campo él sólo, más si enfrente juega un perro viejo como Martí. En su ayuda no acudió Jurado, protagonista ayer de uno de los episodios de escapismo más asombrosos de los presenciados en el Calderón. Su empeño en situarse siempre a tres metros de allí donde la responsabilidad indica que debe ponerse hizo que parte de la grada se plantease si Jurado es fruto de un romance de verano entre la hija del Gran Houdini y Maniche. Al parecer no es así, pero podría.

Ya con nueve, el Mallorca tocaba y tocaba tranquilo en el centro del campo ante la atenta mirada de Jurado y la desesperante impotencia de Raúl García. Para ayudar, Santi Denia sacó a Cléber, el hombre del trote cansino, otro prodigio de ausencias. El Mallorca se enfrentaba a su centro del campo titular del año pasado pero con dos menos, y jugaba mejor que el Atleti. A la afición le asaltaba otra pregunta... ¿No sería que el Mallorca, con Jurado y Cléber de titulares el año pasado, está acostumbrado a jugar con nueve y por eso lo borda?. También salió Reyes entre ovaciones y tras escuchar Maxi algunos pitos: de la proporcionalidad entre unos y otros podría escribirse un tratado sociológico de mil páginas en letra muy chica o un exabrupto de tres o cuatro palabras. Ya puestos, la afición también se preguntó ¿de qué se ríe Reyes siempre? ¿Será de las cifras del paro? ¿Será de nosotros? ¿tendrá una limitación genética que le impida disimular la cara de que todo le trae al pairo?

A aquellos aficionados que se preguntaban si es posible ganar un partido por ganas, respondió el Mallorca. El Mallorca le echó casta y oficio, y entre Nunes atrás, Borja Valero y Martí en la media y Webó delante se llevó un punto a pesar de estar con nueve. Un punto merecido. Se llevó un punto en jugada a balón parado tras un despiste defensivo que toda la grada vio salvo la defensa del Atleti, que esto ya les sonará. Raúl García defendió a dos, el balón le cayó a uno de ellos y marcó entre las piernas de De Gea. Otro despiste, otro petardo, otros dos puntos que vuelan, otro motivo para convencernos de que este equipo huele muy muy mal.

¿Acudió la afición al campo a estar con ella misma, a ver su reacción? Es posible. Uno acude cada vez más al Calderón por aquello de no vivir solo un nuevo fiasco, por estar arropado por gente que lo pasa igual de mal y evitar la deprimente soledad del que escucha por la radio la ruina de su equipo. Algunos acudimos esperando una vez más una revuelta general, pero tampoco se produjo. Es cierto que el fondo sur no animó el primer tiempo y que casi no se notó, es cierto que hubo cánticos generalizados contra el palco al final y es cierto que se vieron pancartas contra la gestión que la seguridad del club, como siempre, intentó retirar (por cierto, también retiró una contra el racismo … ¿cómo es eso posible cuando lo que la UEFA prohíbe son las pancartas con mensaje opuesto?). También es cierto que hubo una protesta espontánea en la puerta 0 al final del partido, una protesta que parte de la prensa resalta hoy como una especie de asalto violento al palc; sus propias imágenes se encargan de desmontar la versión d la protesta radical, pero eso importa poco a cierta gente. Para el momento absurdo que vive el club el nivel de protesta es, una vez más, insuficiente. A uno le queda la sensación de si ayer no marca el Mallorca no hay protesta ni hay ná.

¿Para qué acudió entonces la afición al campo? ¿Hay alguna explicación válida? Sólo nos queda una. La afición, insegura y dubitativa, necesita referencias, ejemplos, faros, guías. En los tiempos que corren, una persona segura y con la autoestima intacta es el clavo al que el atormentado hincha colchonero quiere aferrarse. Sólo hay una persona así en la afición, sólo queda un bastión de la autoconfianza y el desafío a los elementos, sólo uno consigue ver su propia obra como si contemplara la de un genio. Nos referimos, claro está, al portadista del Forza Atleti. En tiempos de tormenta en los que los empleados del club dan vueltas por la M-30 bajo los efectos de los tranquilizantes o se aíslan en el búnker del palco, en el momento en el que los entrenadores venideros ponen cara de póker en el palco y hasta Gonzalo Miró limita el número de risitas por minuto, el portadista del Forza Atleti saca pecho y su revista edita un número especial con las 100 portadas con las que este hombre valiente, casi temerario, nos ha regalado la vista y el ingenio domingo tras domingo. Si el club tuviera vista suficiente harían de este fenómeno la solución a todos los males. Le nombrarían entrenador para que hiciera las alineaciones más proclives al juego de palabras, ficharía jugadores con rima fácil, pondría al estadio un nombre que le permitiera titular con su acostumbrado gracejo. Así, al menos, las cosas se harían con algo parecido a un criterio.

viernes 23 de octubre de 2009

¡QUIQUE VETE YA!

Por Jesús Doggy, en conexión telefónica desde la Puerta 0.

Esperpento. Sainete. Vodevil. Ridículo. Surrealista. Grotesco. Lamentable. Absurdo. Circense. Patético. Infame. Sonrojante. Inverosímil. Dantesco. Indignante. De chiste. Kafkiano. Son muchos los calificativos que uno ha oído en las últimas 24 horas para tratar de explicar lo que, en ese lapso, ha ocurrido en el club Atlético de Madrid. Es difícil resumirlo, sí, pero yo tengo muy claro el adjetivo: triste. Los últimos acontecimientos sólo pueden calificarse de tristes para todos aquellos que sentimos al Atlético de Madrid como parte fundamental de nuestras vidas.
Se sabía que Abel Resino no era del gusto del cooperador necesario que figura como Presidente del club. No, no lo era. El cooperador necesario prefería a Juande Ramos. Se sabía que a Abel Resino le fichó el delincuente prescrito que figura como Consejero Delegado del club aunque tal vez prefiriese a otro. Puede incluso que el delincuente prescrito prefiriera a un robot para manejarlo con un mando a distancia desde su todoterreno de alta gama mientras circunvala una y otra vez, obsesivamente, la M-30. Tal vez. Lo que se sabía es que Abel Resino debía hilar muy fino, muy fino, muy fino esta temporada con una plantilla corta y descompensada, sin refuerzos y abiertamente enfrentado al individuo que, contra toda lógica, el delincuente prescrito ha situado como Director Deportivo del club. Un individuo especializado en decir muchas palabras necias y en fichar muy pocos futbolistas válidos. Su último logro fue vender a un jugador titular, Johnny Heitinga, dos días después de empezar el campeonato y, acto seguido, declarar que ese puesto estaba cubierto con otros tres futbolistas, Pablo Ibáñez, Luis Amaranto Perea y Juan Valera, de los que, curiosamente, tenía apalabrada su venta diez días antes. En fin.
El equipo de Abel Resino completó el pasado miércoles, en Londres ante el Chelsea, un arranque de temporada paupérrimo, de los peores que se recuerdan: dos derrotas y un empate sin goles en Liga de Campeones; además de una victoria, tres empates y tres derrotas en el Campeonato Nacional de Liga. El cese de Abel Resino era cuestión de horas y los rumores, cada vez con más insistencia, empezaron a dispararse. La jornada del jueves resultó casi cómica: Abel Resino entrenaba, el delincuente prescrito desaparecía, el cooperador necesario se infatuaba y el individuo que, contra toda lógica, ejerce de Director Deportivo se dedicaba a hilvanar sus frases cuajadas de palabras necias en distintos medios de comunicación mientras su teléfono móvil echaba humo. El individuo que, contra toda lógica, ejerce de Director Deportivo, temeroso de que el sustituto de Abel Resino fuera un sobrino (tal vez un nieto) de Lola Flores, declarado enemigo suyo, trató de contratar por teléfono a un entrenador danés especializado en defensas de mantequilla y vanguardias alegres y partidario, por dejación de funciones, de que los jugadores se organicen en el campo y fuera de él como mejor les parezca. Desacuerdos sobre la duración del contrato, así como desconfianza en cuanto a las garantías de cobro de ciertos pagarés emitidos no se sabe bien si en las Islas Caimán o en Abu Dhabi frustraron dicha operación. El cooperador necesario pensó entonces en un entrenador italiano calvo y feo y el individuo que, contra toda lógica, ejerce de Director Deportivo volvió a descolgar el teléfono para enterarse de que: a/ el entrenador italiano tiene desde hace meses un acuerdo verbal con el Zenith de San Petesburgo con unos emolumentos tres veces superiores a los que hipotéticamente hubiera cobrado gracias a unos pagarés emitidos no se sabe bien si en las Islas Caimán o en Abu Dhabi; y b/ que dicho entrenador italiano sólo faltaría a la palabra dada a los multimillonarios rusos si el AC Milan llamara a su puerta. Concluido su trabajo, el individuo que, contra toda lógica, ejerce como Director Deportivo se fue a la cama, no sin antes pasar por una radio y asegurar que Abel Resino no había sido cesado porque no había podido ponerse en contacto telefónico con él. Que lástima.
Hoy, viernes, los medios de comunicación estaban citados en el Vicente Calderón a las 11 de la mañana para un entrenamiento a puerta cerrada y para la tradicional rueda de prensa previa al partido del entrenador del equipo, señor Abel Resino. A las diez y cuarto de la mañana todos los medios de comunicación recibían una llamada indicándoles que se dieran mucha prisa, que el entrenador Abel Resino iba a dar la rueda de prensa a las diez y media y que no iba a entrenar. A las diez y media entraban en la sala de prensa del Vicente Calderón el citado técnico señor Resino, así como el individuo que, contra toda lógica, ejerce de Director Deportivo. Este individuo señaló que se “había llegado a un acuerdo para que Abel Resino no dirija al equipo”. El señor Resino, por su parte, aseguró que “quién lo ha dado todo no está obligado a más, ¿no?”. El individuo que, contra toda lógica, ejerce de Director Deportivo añadió que Santiago Denia ejercerá mañana de entrenador y que esta noche se concentrará con el equipo junto a los señores Bastón, Peiró y Sabas. El señor Resino sentenció que “con un par de victorias esta situación se revertirá” y deseó lo mejor a su sucesor y al equipo, en tanto que el individuo que, contra toda lógica, ejerce de Director Deportivo respondió de mala manera a una periodista que le preguntaba sobre el teléfono del ya ex técnico rojiblanco y sobre unas llamadas matutinas de las que habló por la noche. Parece lioso pero no lo es tanto. En estas, eran ya las doce de la mañana, el equipo había entrenado bajo las órdenes de Santiago Denia que debía comparecer en rueda de prensa tras ser los medios presentes informados de los 18 convocados para el partido ante el Mallorca. Pero el señor Denia no comparecía y no se ofreció la lista de convocados. El cooperador necesario, entre tanto, hablaba por teléfono con un amigo del delincuente prescrito, apellidado Quilón, que no es representante de artistas aunque lleve los asuntos de un sobrino (tal vez un nieto) de Lola Flores. Del delincuente prescrito nada se sabía. Finalmente, tras tensas negociaciones, compareció en rueda de prensa el señor Denia, Santiago, quién dijo que “no, no es un papelón coger el equipo ahora” y que, en todo caso, piensa disfrutar estas 36 horas “como un sueño”. Mientras en Madrid el señor Denia soñaba despierto, en Valencia el señor Quilón arrancaba su vehículo de alta gama y enfilaba la A-3 en dirección a Madrid con el mandato de un sobrino (tal vez nieto) de Lola Flores de cerrar su fichaje por el Atlético de Madrid.
Y a mi, que soy un antiguo, todo esto me parece triste. Muy triste.