lunes 21 de diciembre de 2009

Crónica doméstica del Tenerife - Atleti

Reflexiones sobre cómo el Atleti actual despierta el interés necesario para convertir un partido televisado en un zafarrancho de limpieza.


Anunció solemne la autoridad que iba a hacer un frío que pela del Cabo de Gata al de Finisterre y la afición colchonera, escamada y ronca desde el último partido en casa en horario nocturno, prefirió quedarse en casa a ver el partido. De haber prometido el Atleti espectáculo o contraataques de vértigo la afición habría quedado en bares y tabernas; de haber estado el equipo jugándose las opciones de encaramarse a la parte alta de la tabla habría quedado la afición en ambigús y cafeterías; de haberse tratado de un equipo formado por jugadores comprometidos con el equipo deseosos de dar una alegría a la afición, la hinchada habría quedado en disco-pubs, piano-bars y heladerías. Pero viendo cómo está el Atleti, contra quién jugaba, lo que el pasado reciente prometía y lo que el futuro razonablemente ofrece, la afición decidió no ir a establecimientos públicos y ver el partido en casa, ya fuera propia o ajena, por aquello de poder dedicarse a otra cosa en caso del previsible tostón supino y para evitar, en tiempo de crisis, pagar un cerro de euros por cada consumición de esas que saben a rayos cuando se ingieren viendo el repliegue al trote de Cléber Santana.

Se sentó pues la afición en su sofá y se puso una mantita en el regazo. Unos, tradicionales y austeros, optaron por una recia manta zamorana de esas que pesan y pican; otros, más snobs y algo pedantes, por suave manta escocesa de cuadros y fleco largo, pelo etéreo y elegante cincha de cuero para transportarla en coche de caballos; los más prácticos y expertos en travesías alpinas, ligera manta de forro polar fácilmente lavable, secable, doblable y transportable, indicada tanto para largos trekkings por Nepal como para atascos interminables; algunos, víctimas de la sociedad consumista u objeto de regalos siniestros, sintética manta con motivos rojiblancos y estampa de Indy, producto licenciado por el Club, confeccionada en material de esencia plástica de ese que, al mínimo roce, echa chispas. La afición, que no es tonta, situó a mano ora taza de té negro con leche - nunca de la ofensiva marca Hornimans -, ora tazón de caldo de puchero - con hierbabuena, naturalmente - y vasito de agua cerca para evitar la ignición de la lengua; otros preferían bien copa de cerveza fría en caso de hogares de calefacción potente, o bien, en el caso de bon vivants con desprecio por la climatología adversa, gin tonic en vaso ancho de vidrio fino, con bastante hielo, corteza de limón y una cucharita con la que darle pocas vueltas para mezclar los ingredientes sin eliminar el gas, con su correspondiente cuenquito de aceitunas manzanilla, gordal, de campo real o rellenas - de anchoa, naturalmente -, cumbres todas de la gastronomía, la liturgia del aperitivo y la cultura occidental misma.

De esta guisa se encontraba la hogareña afición cuando salió el Atleti. Salió el Atleti vestido de negro con esa camiseta nueva tan popular que por ahora no trae buen fario. La camiseta de marras ha gustado tanto a la afición que hay una gran demanda de la misma, hasta el punto de que se han terminado en la tienda oficial. ¿Y qué ha hecho el club al respecto? Nada. ¿Han repuesto las existencias? No. ¿Han caído en que quizás no estén respondiendo a las expectativas de la afición o en que quizás estén dejando pasar un buen negocio? En absoluto; el club no cae en estas cosas, faltaría más. A todo esto la afición, que ve cómo se aproxima el día de reyes y tiene que hacer un regalo a sus niños y cónyuge, decide comprar la camiseta en cuestión a piratas industriales con sede en países del lejano oriente que ofrecen productos casi idénticos a una décima parte del precio oficial. Conociendo a los gestores del Club, uno piensa que al conocer la situación no les dará por emprender acciones legales contra los falsificadores ni reclamar más stock a la empresa que le fabrica las prendas, sino que más bien valoren en breve la apertura de un taller textil clandestino en Laos para maximizar así sus beneficios. Menudos son estos.

Con el Atleti en el campo y la manta sobre las rodillas, se dispuso la afición a ver el partido con atención. Últimamente es complicado mantener la atención en los partidos del Atleti, reflexiona el aficionado, de hecho es complicado seguir la actualidad atlética dado que las únicas buenas noticias que el equipo nos depara tienen que ver con la enésima denuncia de irregularidades en la gestión del Club, los resultados de la cantera y la vuelta de Hele a la blogosfera. No es fácil seguir el tostón deportivo, es casi inevitable perder el hilo y ponerse a pensar en conceptos abstractos como la existencia de un ente superior, la relatividad como concepto superado o quién fue el primer hombre (más bien gran hombre) que se atrevió a comerse una gamba y qué hambre no tendría el tío. En un bar es aún peor, piensa el aficionado, el Atleti no atrae la atención y es más fácil perder el hilo y ponerse a pensar en cuánto dinero ha ganado ese señor en la tragaperras que emite la música de El Golpe, o de cuántas botellas de las que adornan la pared tras la barra pide una copa la clientela, en especial la de Cynar. En casa es más sencillo mantener la atención, piensa el aficionado colchonero, mucho más sencillo, dónde va a parar, en casa sí veré el partido con atención y sentido analítico, hombre por Dios, como en casa no se ve el fútbol en ningún sitio.

Dos minutos después del inicio marca Nino un gol que todo el mundo ve venir desde su casa a pesar de la manta, pero que nadie ve venir en el campo a pesar de estar todos en manga corta. Lo de siempre: balón que llega desde el lateral, nadie quiere saber nada en el área pequeña, el rival que la toca con comodidad, Cléber y Ujfalusi que observan el lance con aire de vaca que mira al tren. La llegada de un balón al área chica del Atleti viene acompañada de un prodigio nunca antes referido y bautizado por los expertos como el Síndrome del Increíble Balón Menguante. Es cruzar el balón la imaginaria línea vertical que separa el área grande de la chica y el jugador del Atleti ve cómo lo que antes era un balón de reglamento se convierte en una pelota de golf de color camuflaje. Nadie la ve, nadie acierta a distinguirla con precisión, nadie se atreve a pegarle una patada no sea que le pegue al aire y se rían de ellos en blogs y colas de peajes. Los rivales, por contra, sufren el síndrome contrario: llega la pelota al área pequeña del Atleti y se transforma, cosas de la brujería, en un balón de nivea de esos que tiraban desde un avión para que los señores batieran la plusmarca mundial de biathlon playero, prueba mixta que aúna carrera desde chiringuito y natación contra oleaje con reglamentario bañador Meyba. Mientras el defensor Atlético las pasa canutas para distinguir el balón, al rival le llega un globo aerostático, una esfera de esas en las que entraban dos o tres motos dando vueltas de campana, un planeta casi. Una vez más este año, el Atleti recibía un gol en contra en los primeros minutos gracias a un remate fácil en el área chica. Un poema.

Pasado el sofocón, cabreo y disgusto correspondiente, el aficionado bajo manta intenta ver un atisbo de reacción en el equipo. Nada. Mira la actitud de unos y otros. Nada. Sin poder evitarlo, le entra el sopor del que quiso huir. Mira a la pantalla pero nada de lo que en ella aparece atrae su atención e, inconscientemente, divaga. Piensa en que ya es hora de comprar un puff en el que apoyar los pies cuando está en el sofá, en que en esa esquina luciría mucho un poto de grandes hojas, en que en mala hora compró ese botellero hágalo-Vd-mismo con capacidad para cuarenta botellas, al precio que anda el vino. Juega el Atleti en directo y debe remontar un partido vital para alejarse del hoyo, pero el aficionado no consigue concentrarse. Sin darse cuenta, zapea y cae en una cadena en la que un pastor alemán policía resuelve un crimen pasional. Vuelve por disciplina al partido, pero antes ha pasado por la cesta de la ropa limpia y mientras el Atleti arma sin éxito un contraataque, dobla calcetines con un magistral movimiento de muñeca. Una vez vaciada la cesta, comprueba los cargos de la visa punteando en cada operación con un lapicito robado en la oficina, pone rectos cuatro cuadros y riega un cactus que mira por la ventana con un gesto vegetal que le hace pensar en sí mismo viendo a su equipo.

Marca el Atleti el empate tras una jugada que, tras la repetición, aún no se sabe si fue de mérito o de chamba, y el aficionado lo celebra poquito para no derramar la caja de clavos, tornillos y chinchetas que se afana en clasificar. Marca Jurado, quien juega el partido con dos medio centros defensivos por detrás en lo que la prensa y comentaristas llaman "su posición natural" y el aficionado reflexiona sobre si el término "natural", referido a Jurado, tiene el mismo significado que cuando se asocia a la palabra "piña", es decir, "posición natural en almíbar". Este pensamiento impulsa al aficionado a deshacer la cesta navideña y hacer una lista mental de aquellos familiares odiados a quien puede regalar las peladillas. Piensa también el aficionado en la molesta forma que tiene el comentarista de la Sexta de pronunciar "Ujfalusi", a quien se empeña en llamar "Iufalusi" o "Yufalusi" con la misma insistencia con la que pronuncia la palabra "rechazo". El partido avanza y el aficionado no consigue centrarse todo lo que le gustaría aunque, eso sí, ha sacado brillo a la plata y ha leído las instrucciones de la Thermomix.

Intenta el aficionado volver a concentrarse en el partido, pero no le es fácil. Piensa en qué impulsa a Asenjo a despejar siempre hacia el centro, en qué impulsa al entrenador a sacar a Perea y Juanito de centrales y sobre todo en qué impulsa al Quique Flores a no sacar a Raúl García y sacar en su lugar a Cléber. Piensa en por qué el medio campo del Atleti nunca sigue al atacante que se escapa por la banda y que levanta la vista desesperado tras desbordar a un defensor al ver que el compañero más cercano no ha arrancado aún desde el círculo central. Piensa en estas cosas cuando, al filo del descanso, el árbitro pita penalti. Penalti en casi el último minuto, tiene tela. Ve el aficionado cómo Perez Burrull saca una amarilla con esa cara a medio camino entre la expresión de triunfo por salir de cerca en la tele por su perfil bueno y la sobreactuación del que se cree en ese momento el centro del universo, aunque no sea ni penalti ni tarjeta. Ve el aficionado cómo Asenjo para el penalti y, aún así, no tiene claro si Asenjo es bueno o malo, un portero salvador o una fuente de problemas, un tipo bajito y cuadrado o uno muy alto y más cuadrado aún. Acaba el primer tiempo y el aficionado suspira aliviado, no por los nervios rotos sino por las ganas de ir a poner silicona a los azulejos de la ducha.

Empieza el segundo tiempo y la tónica (no en este caso la del gin tonic) es la misma. El Atleti no hace nada y el aficionado no consigue mantener la atención. Mientras el Atleti no hace nada, él está la mar de industrioso. A estas alturas del partido ha programado el dvd para todo el 2010, ha colocado un rodapié y dos de esos cuadros que se apoyan en el suelo durante meses hasta el punto de que a uno le resulta raro verlos luego colgados de una alcayata. Entre insulsos comentarios de Víctor Muñoz, quizás el ser cuya voz y discurso se corresponda menos con su aspecto, el aficionado va dejando la casa como un jaspe. Mientras pasa el plumero se pregunta qué les pasa a Maxi, Sim
ão y Forlán, antaño garantía de peligro y solución a los problemas de la defensa y hoy meros espíritus deambulantes que permiten al rival sentirse cómodo adelantando las líneas. Piensa en cómo consigue Perea darse un cabezazo contra algo o alguien todos los partidos, y en qué aporta Sinama además de desesperación. Piensa en por qué Pablo siempre despeja en horizontal a la primera de cambio, y en que si no es por Asenjo en el segundo tiempo un recién ascendido le mete tres al Atleti. Piensa en el buen tiempo que hace en Canarias, en si quedan estropajos y en que hace mucho tiempo que debería haber cambiado de albornoz.

El partido va acabando y ya no quedan tareas domésticas por realizar: se han planchado camisas, pantalones y hasta el uniforme de húsar que se usa en las grandes ocasiones. Se ha ordenado la biblioteca por géneros, sub-géneros y, dentro de éstos, por orden alfabético incluyendo la Ch y la Ll, como Dios manda. Se ha ordenado el armario por colores que van del topo riguroso al granate mustio. Se han doblado convenientemente rebecas, chales y mañanitas. Se ha fijado la barra de la cortina de ducha, el armarito de la cocina y el gancho porta-salacofs, tan necesario. El partido acaba y la casa está hecha un primor, mucho más ordenadita, limpia y presentable que el equipo.

El equipo, reflexiona el aficionado mientras cierra un bote de Netol, sí que necesita ser saneado desde dentro. La podredumbre del club ha alcanzado de pleno a jugadores y técnicos, y si no no se explica el discurso victimista del entrenador, la desidia de jugadores siempre profesionales como Sim
ão o Forlán o el interminable bache de Maxi. Los resultados que antes maquillaban los jugadores de arriba se presentan ahora con toda su crudeza, y los que con su inspiración o ganas tapaban las carencias de la defensa en tiempos de Aguirre ahora pululan por el campo con las ganas de agradar del que va al patíbulo tras una sentencia injusta. La ausencia de proyecto deportivo, de ideas claras, de objetivos sensatos, de dirigentes honrados y aficionados comprometidos va dando sus frutos y el equipo deambula de nuevo por lugares cercanos al descenso sin que arda Troya ni nada que se le parezca. La sombra de la salida de Agüero, el único referente en ataque esta temporada, y de Maxi, buen jugador y ex capitán convertido ahora en la sombra de su peor versión, tampoco parecen afectar a la afición, ya harta hasta de sí misma. Gamuza atrapa-polvo en mano, el apañado aficionado doméstico tiene cada vez más claro que esto requiere un zafarrancho de limpieza de los de darle con cepillo de dientes a las juntas de los azulejos o se cae el invento de una vez por todas.

lunes 14 de diciembre de 2009

UN PARTIDO FRÍO



Por Jesús Doggy, desde una banda.


Vayamos por partes. Llegaba el Atlético de Madrid a la decimocuarta jornada liguera con el engañoso aspecto del que viene de lograr dos solventes victorias ligueras consecutivas y de dar un grosero petardazo para celebrar el que, desgraciadamente, puede haber sido el último partido de la máxima competición continental disputado en el estadio Vicente Calderón. Enfrente, un Villarreal, este sí, al alza. El partido se había vendido, inconcebiblemente, como un duelo entre equipos similares, grandes en horas bajas, candidatos a Europa bregando al filo del abismo. En fin, esas cosas. Una comparación tan engañosa como la estadística, pues el Villarreal de Ernesto Valverde en nada se parece al deshilachado despojo en que ha devenido el Atlético de Madrid. Uno mira al Villarreal y reconoce un proyecto de equipo, una trayectoria coherente en el mercado de fichajes –con sus inevitables errores, algunos de bulto-, el gusto por un determinado perfil de jugadores y, sobre todo, la confianza de estar en el camino correcto. El Villarreal, finalizado el brillante quinquenio del Ingeniero Pellegrini, fichó a Ernesto Valverde, un excelente entrenador que combina rigor táctico con una clara apuesta por el dominio de los partidos, convencido de que era el sustituto ideal. Al Txingurri se le dio un buen equipo ya formado al que se añadieron un par de retoques bien pensados por la magnífica secretaría técnica del club. El nuevo proyecto ha tardado en carburar, pero visto lo visto ayer, en un helador estadio Vicente Calderón, parece que ya arranca. El Atlético de Madrid, por el contrario, es un equipo gripado, que podrá pegar algún loco acelerón de vez en cuando, pero que necesita urgentes cambios, especialmente una junta de la culata nueva. El Atlético de Madrid, sin proyecto definido de equipo, sin un atisbo, no ya de coherencia sino de la más elemental profesionalidad y sentido común, en su política de fichajes, sin la más remota idea del tipo de jugador que puede o debe vestir la elástica rojiblanca y, sobre todo, con la certeza evidente de ser un club a la deriva, en nada se parece al Villarreal. Frente al Villarreal, lo único que el actual Atlético de Madrid puede esgrimir es su Historia. Y, reconozcámoslo, ese es un argumento muy pobre. El Atlético de Madrid puso fin de mala manera al honesto, profesional y cumplidor ciclo de Javier Aguirre no sé sabe muy bien por qué, salvo que fuera para apaciguar a una grada enloquecida por la rabia y la frustración. El Atlético de Madrid, sin que se sepa muy bien por qué, salvo que fuera porque era barato y porque podía calmar a esa hastiada grada, sustituyó al aguerrido mejicano por un veterano de la casa, Abel Resino, un entrenador sin experiencia en el máximo nivel, partidario al parecer de adelantar la defensa a toda costa. A Abel Resino se le dio un deslavazado grupo de futbolistas, digamos un equipo, al que, posteriormente, se le extrajeron varias piezas interesantes para cederlas a otros equipos y al que, finalmente, se le escaqueó un titular importante con nocturnidad y alevosía. La infame e indigna secretaría técnica del club gastó el poco dinero disponible en la compra de un jugador tan prometedor como innecesario, convenció con una buena ficha a un veterano central internacional del Betis e hizo retornar a dos jugadores que ya habían demostrado su falta de valía para jugar en el estadio Vicente Calderón. El Atlético de Madrid despidió pocos meses después al susodicho Abel Resino y, sin que se sepa muy bien por qué, le dio el mando de los restos del naufragio a un señor que responde a las iniciales de QSF, reconocido estratega, entrenador de los llamados de pizarra, con un indisimulado gusto por amarrar los resultados.

Está claro, pues, que no se trataba de un duelo entre equipos similares, ni siquiera parecidos. Para mayor abundamiento, el único jugador de jerarquía del equipo, el único jugador capaz de marcar la diferencia, el llamado jugador franquicia, se quedó en la grada aquejado de dolores que hacen temer por una inminente y trágica lesión. La evidente diferencia entre ambos equipos se demostró en toda su crudeza ayer, durante la primera media hora del encuentro. El Villarreal presionó arriba y presionó bien, el Villarreal junto bien las líneas adelantando la defensa al medio del campo y achicando con sentido, el Villarreal juntó en el centro a Cani, a Cazorla y a Senna combinando y conectando con los inquietos y punzantes Fuster y Rossi y barrió del campo al Atlético de Madrid pese al denodado esfuerzo de un señor negro, calvo y profesional al que cariñosamente apodamos Asunción (y que, como usted habrá sin duda ya adivinado, volvió a ver, lógicamente, una tarjeta amarilla). En tan sólo media hora de juego, para ser exactos en 35 minutos, se vivió en el estadio Vicente Calderón un resumen diáfano de lo que se ha dicho en el párrafo anterior. El Villarreal hizo lo que quiso, y por donde quiso, con un Atlético de Madrid que, por momentos, pareció ridícula caricatura, absurdo remedo, innoble banda. Espantoso en defensa, con Valera superado una y otra vez, con Perea y Juanito inermes, ausentes y enervantes, con un Ujfalusi voluntarioso pero fuera de sitio. Intolerable en el medio, con un Simao muy irregular que tuvo que hacer de medio centro ante la enésima no comparecencia de un medio fantasista que tenemos, que dicen que es muy bueno, con Asunción literalmente desesperado y con un Jozean Reyes que fue el único que parecía saber jugar al fútbol de los nuestros. Que ya es triste, como dice un buen amigo. Y sonrojante en la punta del ataque, perdón, del ataque fantasma. Porque ayer, en el estadio Vicente Calderón, uno miraba al ataque del Atlético de Madrid y veía dos fantasmas, dos espectros, dos hologramas. Ayer, en el estadio Vicente Calderón, uno miraba la punta de lanza del Atlético de Madrid y no daba crédito, porque veía dos réplicas exactas, pero idénticas, de Diego Forlán y de Maximiliano Rodríguez, sabiendo, sin embargo, que es de todo punto imposible que esos dos patéticos bultos sospechosos que veía fueran verdaderamente Diego Forlán y Maximiliano Rodríguez.

En esos 35 minutos el único jugador del Atlético de Madrid que cumplió con su trabajo fue un Pobre Porterito Palentino, discutido y condenado por muchos ya desde el día de su presentación, como si el PPP tuviera alguna culpa de ser un joven y prometedor cancerbero que no le hacía ninguna falta a un equipo sobrado únicamente de eso, de jóvenes y prometedores guardametas. El Villarreal pudo marcar a los dos minutos, pero el PPP salió rápido y bien a los pies de Fuster que retrató a Perea en la primera que tuvo (Perea, por cierto, le propinó poco después uno de esos codazos absolutamente necios suyos con los que trata de justificar su injustificable presencia en el terreno de juego, esta vez, por suerte para el equipo, el árbitro no le vio). Tres minutos después era Cazorla el que chutaba, cómodo y con espacio, desde la frontal y el PPP, adornándose en exceso en un gesto palomitero de los que gustan de afearle sus detractores, desvió a córner. Dos minutos más tarde era otra vez Fuster el que probaba desde lejos al PPP que esta vez realiza una intervención de mérito para desviar a saque de esquina. En el minuto diez le tocó a Cani reírse de la zaga rojiblanca, aunque no atinó con un remate cruzado ante la alocada y mal calculada salida del PPP. Cinco minutos más tarde, Rossi disparaba, de nuevo sin oposición, desde la frontal, y su disparo se perdía fuera por poco, por muy poco. Poco después, de nuevo Rossi probaba suerte y el PPP detenía con apuros en dos tiempos. Increíblemente, tras el inapelable baño de juego y ocasiones recibido, el Atlético de Madrid se adelantaba en el marcador gracias a un exquisito pase interior de Jozean Reyes (poco antes le había dado otro igual a Maxi, sancionado con un inexistente fuera de juego) a Simao, que el portugués convertía en gol con elegancia y sangre fría. Increíblemente, después de la incontestable superioridad demostrada por el Villarreal en todos los aspectos del juego, el Atlético de Madrid se iba a la inmerecida ducha con ventaja en el marcador y los rumores de una grada con principio de congelación se tornaban sonrisas cautelosas.

Si en la primera mitad quedó claro que el actual Atlético de Madrid no puede jugar de igual a igual con el actual Villarreal, en la segunda parte se demostró que el actual Atlético de Madrid no vale siquiera para defender un marcador a favor y salvar los puntos. A los tres minutos de la reanudación, un jugador llamado Capdevila, uno de los titulares de aquel Atleti que se fue a Segunda, ahora convertido en internacional absoluto indiscutible y Campeón de Europa, centró tranquilamente desde su banda izquierda, un centro templado y muy lejano que el joven Fuster, en el balcón del área chica, remató abajo, como mandan los cánones, imponiéndose por enésima vez a Juanito y batiendo a un PPP que dudó donde no se duda y recogió el balón del fondo de su portería como el que tiene una certeza inútil. El Atlético tuvo una ocasión aislada, pero muy clara, en las botas de un replicante que se parece a Maximiliano Rodríguez como una gota de agua a otra gota de agua; mientras el Villarreal encadenaba, una tras otra, situaciones magníficas para marcar: la tuvo Rossi, pero remató fuera, otra vez por poco, la tuvo Escudero, pero su remate, que probablemente se colaba, pegó en Asunción, la tuvo Marcos Senna, ayer, por momentos, pletórico, al que le faltó precisión y la tuvo el central uruguayo Godín que erró clamorosamente rematando alto cuando estaba solo dentro del área. En el banquillo del Villarreal, Ernesto Valverde hizo tres cambios, refrescando en el momento justo a su equipo en el centro del campo y en el ataque. En el banquillo del Atlético de Madrid, QSF no se atrevió a quitar al golem rubio que algunos dicen que es el mismo delantero uruguayo que ganó la última Bota de Oro del fútbol europeo y, en su lugar, optó por retirar, bastante tarde, al inoperante sosias de Maximiliano Rodríguez. Poco después se lesionó Jozean Reyes, volteado salvajemente en un choque con Diego López, y QSF tomó la extraña determinación de dar entrada a Ignacio Camacho. El canterano tuvo la mejor ocasión del Atlético de Madrid, pero remató alto, en inmejorable posición, un saque de esquina botado por Simao. Se cumplía entonces el minuto 90, pero aún tuvo tiempo el Villarreal de marcar el gol del triunfo y de fallar una nueva ocasión. Escudero se marchó por la banda izquierda, defendido por la acuosa mirada lejana de Valera, centró al borde del área chica y Juanito, apurado por Joseba Llorente, se marcó en propia meta el gol del triunfo castellonense. Con el Atlético de Madrid ya definitivamente descompuesto y la grada finalmente gritando las verdades del barquero, que riman en il y en ón, el PPP salvó una doble ocasión saliendo valientemente a los pies de Escudero, primero, y de Joseba Llorente, después.

Turienzo Álvarez, que sin influir en modo alguno en el marcador, realizó un arbitraje paupérrimo, plagado de fallos de apreciación y de errores técnicos, pitó el final del partido, momento que aprovechó un impersonator del rubio delantero centro del Atlético de Madrid para conversar muy sonriente con sus presuntos compatriotas Godín y Eguren a propósito de las vacaciones navideñas en las playas de Punta del Este, del nuevo aspecto de Indy, la mascota del Atlético de Madrid, que ahora saca la lengua donde antes mostraba sonrisa mellada y, sobre todo, de la portada de la inefable revista Forza Atleti. Como decía mi abuelo, yo, por si acaso, me vine.

domingo 6 de diciembre de 2009

EL TORO EMBOLAO

Por D. Ismael I de Onteniente


Se celebran en la Comunidad Valencia infinidad de Fiestas que tienen que ver, están basadas, o en las que el claro epicentro es la costumbre de correr toros en la calle.

Las modalidades son, no diría que infinitas pero si ciertamente abundantes, y ello hace que la imaginación para hacerle al pobre animal mil perrerías, ataviarle extrañamente, y darle un tute despiadado, sean muchas y algunas veces (demasiadas) desafortunadas.

Lugares donde se suelta al pobre bicho en recintos cerrados para solaz de los mozos y excitación de sus primas. Otros donde se le corre por las calles del pueblo (esta modalidad más tradicional, sí), se le acompaña a que salte al mar, se le reviste de antorchas y se le corretea en la noche templada de la primavera mediterránea.

No se asusten, que no voy a glosar aquí todas las imaginativas tradiciones taurinas que se le ocurren a las gentes levantiscas que adornan estas tierras, no vayamos a acabar escribiendo un catálogo de la Santa Inquisición.

Tampoco pretendo aquí entrar en la cuestión de si está bien o mal, de “cuán bien o mal está”, ni de que si en su pueblo de usted tiran a una cabra desde un puente de Calatrava, y en cambio en el mío solo se descuartiza un cerdo con cuchillos de Albacete, a ser posible marca Arco, como manda la tradición, y se le rocía con napalm. Si iniciamos este campeonato acabaremos sintiendo vergüenza propia, en vez de orgullo de pertenecer a estas tierras tan…levantiscas.

Lo cierto es que todo esto forma parte de nuestras costumbres más ancestrales, y que esa costumbre, esa tradición, o cultura está firmemente arraigada, y ahí sigue tras muchas generaciones…

El subidón de adrenalina (ahora se dice así, oigan), la emoción que se siente en la carrera, el riesgo, la excitación que provoca estar cerca de ese animal mítico y divino, el sabor de estar vivo que provoca esa pasión, el que no lo ha vivido, no me va a comprender, ya no digo compartir mi opinión, y yo no acierto a saber explicarlo mejor.

Ahora vienen nuestros amados dirigentes, en tropel, a regularlo todo, con ese afán de no estarse quietecitos, esa fiereza legisladora, esa pasión por buscar dónde regular, regular y regular, que les ha entrado desde un tiempo a esta parte. Pero hay que entenderles, pobrecillos, son tantos y están tan desocupados, que algo deben hacer. Administraciones que nos regulan tenemos, amigo Sancho. Pero esa es otra cuestión, en la que no me voy a meter, pues me llevaría a un debate que no es propio de este blog.

En el caso que me afecta, y durante las fiestas patronales, la modalidad es “Toro con cuerda Embolao”. Dicho así, no sabría contestar si es modalidad reconocida por el Comité Olímpico, igual da:

“En una ceremonia multitudinaria, se le cubre el astado del animal con una bolas protectoras, y se corre la fiera en el barrio viejo, por calles abarrotadas, tres toros cada día, que van atados, yo diría gobernados por una enorme cuerda, que evita los malos pasos y atenúa la gravedad de las cogidas”.

Y, fíjense, que digo multitudes, porque eso es lo más curioso: cuando yo era joven éramos 4 gatos los que corríamos el toro, mientras que ahora (y año tras año es mayor), el número de corredores es casi increíble, apenas puedes ver al toro.

Desde luego se ha convertido en la fiesta más popular, en la más arraigada. La gente come (imperativamente) cazuela de arroz al horno (algún día les daré la receta, que por cierto D. Carlos ha degustado varias veces), y no encuentras un bar libre ni harto de vino (lo que suele ser el estado normal).

Todos los viejos animamos a los corredores jóvenes, y de padres a hijos nos vamos pasando, en extraña genética, los consejos que atesoramos de generaciones:

“Donde y como correr, a qué prestar atención, en qué esquina te puede enganchar la cuerda, qué hacer en cada caso de comportamiento caprichoso del animal…”

Yo ya le pasé el testigo y los consejos a mi hijo, quien ya está en primera fila. Otra cosa en lo que opina mi mujer…

Pues ya ven, todo este rollete, aunque no lo crean tiene que ver con futbol y con el Atleti.

Y es que no puedo evitar, desde hace unos días, dejar de pensar en Quiqui Sánchez Flu y el Toro Embolao.

Me digo, “este equipo no lo coge cualquiera y lo intenta sacar adelante”, “este equipo no lo entiende ni la madre que lo parió”.

“Esta plantilla es totalmente mansa”, “estos jugadores van arrastrado una gruesa maroma mientras un montón de chupópteros tira de ellos, ni que decir que en dirección contraria”. Y les frena las aspiraciones ante la decepción de la afición, que gustaría de correr jubilosa con ellos, ante emociones y éxitos…

Un Toro Embolao le han dada a Quiqui, a ver cómo consigue que no le lleve por delante y le dé un viaje de mil pares de narices, el hombre.

Lo primero, que juzga el desconcierto que debe tener el míster, es que todos esperamos que armara el equipo, que consiguiera dar con una defensa de garantías, y dos medios centros para dejarse de bromas. Recuperación, esfuerzo, pelotazo arriba, y a tomar viento. Es lo que se esperaba, y a fe mía que parece haberlo intentado.

Pero no, esa no es la receta, la receta era dejar que las mismas e inexplicables por imprevisibles, características de este equipo, que tantas veces se han glosado aquí, dieran por sí mismas con la solución.

Porque, ya me dirán a mí, si parecía lógico dejar solo a Assun, y ponerle por delante a tres flojos, que alimenten de balones a los dos monstruos de arriba. Y digo tres flojos, en el buen sentido, no se me mal interprete: llamar flojos a Juradito, Reyes y Simao, es quedarme corto, muy corto.

Pero hete ahí que, mientras uno se friega los ojos para ver si son visiones, te encuentras a JoseAn recuperando balones y haciendo ayudas defensivas en la banda derecha. Simao ya lo hacía, lo sé, y Juradito lo intenta el pobre ( igual acaba el chico ganando cuerpo y vale para algo, en un par de ligas, no desesperen sus defensores, anden).

Así salió el equipo ante el Español, y ante el Jerez. Y claro, puede que ustedes digan que la solución estaba ahí, precisamente, en jugar contra el Español y el Jerez. Y llevan razón, pero hemos marcado seis golitos, y no nos han hecho casi ni una ocasión de gol, eso también es de razón.

Nuestro Toro Embolao, todavía nos dará revolcones y se llevará por delante a Quiqui, , no lo duden, pero, venga, algo es algo, caramba, falta que hacía, buff, ya era hora, caray (por poner comas, oigan).

El partido no lo vi. Bueno si que lo mire, pero verlo… Ya me entienden. Y creo que ya saben lo que pasa en las fiestas de estas tierras levantiscas… con decirles que estuve un rato convencido de que jugaba Caminero…

Aún así, me pareció ver al portero del Valladolid (no al que hemos fichado este año, al del año pasado), a Juanito jugando en dos demarcaciones a la vez, expulsado y seguir jugando, que lío.

Imaginen lo mal que iba, que llegue a ver a Valera trotando por la banda, otra alucinación sin duda.

A mi derecha decía un tipo “nosequé” de Perea, que digo yo que no jugó, pues hubiese hecho algún empastre y lo veríamos en los resúmenes…

El equipo rompiendo la defensa adelantada del rival (¿lo entrenará Abel, al Jerez?), que raro todo, …era mi padre ¿su padre se llamaba que raro? Que Raro Benson Señora…

Digan lo que digan, el Atleti ha sumado 6 puntitos que son casi tantos como en el resto de la liga, y ha dado alguna buena sensación, incluso yo diría más, alguna muy buena…

Qué fácil es escribir una crónica cuando el equipo gana. Ni siquiera hace falta hacer visto el partido, nos basta con disfrutar de la sensación de correr junto al toro, hacia adelante, con emoción.

No dudo que el toro, se frenará de repente, cuando menos convenga, se dará la vuelta y nos ganaremos un buen revolcón. Cuando ocurra exclamaremos aquello de: pero ¿qué esperaban?

En mi confusión final, percibí un detalle feo de Quiqui S. Flu, que no quisiera omitir:

Durante la expulsión de uno de los dos Juanitos, muchos concebimos la esperanza alborozada de que ello nos permitiría disfrutar del momento soñado de la noche , la reaparición del Gran Mariano, paladín de nuestro anhelo. Pero no, Quiqui nos demostró que de acuerdo que es un Toro Embolao lo que le ha tocado lidiar, pero alegrías las justas.

Mientras, en la noche de Gandía, un avieso pesimista se retorcía inquieto. No crean, era de emoción.

lunes 30 de noviembre de 2009

Gélida crónica de un partido que Agüero se empeñó en ganar

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Antes, cuando las cosas eran como deberían ser o al menos estaban más cerca de serlo, teníamos un equipo que a veces era un desastre. A veces jugaba mal, a veces perdía contra el último tras ganarle por cuatro o cinco al primero, a veces nos daba un disgusto y nos dejaba sin cenar y sin dormir y sin querer volver a hablar del tema hasta el miércoles o el jueves. A veces, pocas, nos dejaba en ridículo y nos veíamos obligados a defender nuestro honor (y el suyo) dándonos de tortas en una esquina del patio, durante el recreo. A veces perdía el partido que tenía ganado, a veces remontaba el partido que tenía perdido y volvía a perderlo quedando un minuto por quedarse mirando al tendido con cara de tonto, sin atender a lo importante. A veces caía con estruendo y temblaba Madrid entero, y parte de los alrededores, y gran parte de la Castilla que se llamaba entonces Nueva y lo mismo pasaba con la Vieja y con las principales cordilleras, valles, estepas, tundras, taigas, planicies, altiplanos, terrenos ganados al mar, pastizales herbáceos, sabanas, junglas, bosques tropicales, manglares, playas y penínsulas, estas últimas por todas partes salvo por una, llamada "istmo".


A veces, muchas veces, el equipo hacía lo que no debía, para lo bueno y para lo malo: cuando se le creía hundido hacía un partido memorable, cuando se esperaba que arrasara al rival salía tímido y vestido de marinerito al campo y lloriqueaba en cuanto le quitaban el balón. A veces, casi todas la veces, el equipo no permitía al seguidor relajarse ni un segundo porque en cualquier momento podría hacer algo sublime o algo totalmente imbécil, podría enlazar una jugada para la historia o marcar un gol en propia puerta desde el centro del campo, podría tocar a rebato y lanzarse a una carga suicida cuando la lógica reclamaba calma y frialdad o podría auto-inmolarse optando por la peor táctica posible en el momento menos indicado. El aficionado podría salir del campo harto de todo o hinchado como un pavo, resignado o furioso, eufórico o depresivo, pero nunca aburrido ni con la sensación de haber visto una película ya vista. El aficionado sabía que su equipo tenía el defecto gravísimo de la irresponsabilidad, la insensatez, la imprevisibilidad y la inmadurez. Pero eso mismo daba el encanto al equipo, hacía del equipo el nuestro, el distinto, el que es de los nuestros y nunca será entendido por los otros.


Porque el equipo, ante todo y sobre todo, lo que tenía era gracia. Gracia, sí. Ángel, gracia, personalidad, esa cualidad que le hace a uno reírse de medio lado sin saber muy bien por qué cuando presencia algo que debería en realidad hacerle montar en cólera. Talento, salero, arte, nunca supimos bien cómo llamarlo. La capacidad de sorprender, de asombrar, de desesperar, de hacernos odiarle y de admirarle al mismo tiempo y por el mismo motivo. El equipo era raro y no hacía lo que de él se esperaba, y daba igual que cambiaran los jugadores, la afición, el campo, la camiseta, la estación del año o la era geológica: la personalidad del equipo estaba por encima de todo eso, el equipo se comportaba igual de raro hoy que hacía cuarenta años, y lo haría igual que dentro de dos, o diez, o treinta, tuviera jugadores melenudos y de aspecto patibulario o distinguidos caballeros del área, incluso todos mezclados. El equipo era como era y por eso los aficionados estábamos tan identificados, por eso vivíamos con tanta intensidad sus genialidades y sus petardos, por eso estábamos siempre dispuestos a darnos de tortas por las esquinas de los patios de recreo para defender su honor y el nuestro. El equipo era el nuestro, con sus numerosas virtudes y precisamente por sus sonados defectos, que eran los de todos. Era el nuestro.


Y de eso, hoy, hemos pasado a un señor bajito con el pelo fosco sentado en un palco en el que no debe estar y a Cléber Santana. Y no sigo, que me conozco.

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Invitaba poco la noche a ir al fútbol y así lo entendió la afición, que de esto y del cuatro cuatro dos sabe una barbaridad. Unos prefirieron quedarse en casa en un sofá, delante de la tele y de un tazón lleno de sopa humeante y una mantita de cuadros sobre las rodillas, o bien en torno de una mesa camilla con brasero eléctrico, de esas que huelen fatal cuando se queman los flecos del mantel / colcha que las cubre; es difícil pensar en un plan mejor, por cierto. Otros prefirieron irse a un bar con los amigos a ver un partido en el que jugaba otro equipo para, una vez allí, según la temperatura, el resultado, el dinero que quedara en el bolsillo y las ganas, decidir si irían al Calderón o se quedarían tan tranquilitos pidiendo otra y analizando el evento planetario con el que los medios nos han atormentado toda la semana. Unos cuantos insensatos sí decidieron ir al campo a pesar de los pesares, esto es, a pesar del juego que promete el equipo, de la emoción que promete el rival y del frío que promete el río.


En total los insensatos no juntaban ni un tercio del aforo, poca cosa si uno tiene en cuenta que el equipo se jugaba salir del bochornoso puesto que ocupaba en la clasificación, mucho si uno piensa en el mal rato que suele brindar el equipo a todos aquellos que invierten su tiempo en él. Un tercio del aforo, también es verdad, es poca cosa para un equipo que presume de lista de espera de abonados, de aforo completo y de afición fiel-pero-tela-de-fiel, pero es mucho si uno piensa que el que juega es el tercero por la cola contra un equipo de media tabla que no da garantías de pelea, espectáculo o filigrana. Un tercio de entrada es un petardo para un partido en casa de un equipo histórico que dice tener más de un millón de seguidores cuando le analizan los peritos especializados en valorar marcas comerciales, pero es mucho cuando se habla de una afición harta, desmoralizada y, por lo general, no vacunada contra la gripe A ni experta en los efectos secundarios del Tamiflú, el medicamento con nombre de baile veraniego del que todo el mundo habla y nunca ha visto, más o menos como ese cerro de millones que la directiva afirma haber invertido en el Club. Un tercio del aforo en casa es una birria cuando es la ocasión de protestar contra la directiva por las últimas informaciones aparecidas por los medios, que hablan de saqueos e irregularidades e ilegalidades y golferías, pero es mucho cuando uno toma en consideración que lo que de verdad le importa a la gente es lo que les quieren contar y no lo que en realidad pasa.


Llegó pues la afición diezmada a la grada y había sitio por todas partes. Siéntese aquí, hombre, no, si aquí tengo sitio de sobra, no, si lo digo porque si se pone ahí me tapa la corriente y no hace tantísimo frío, anda, mire, qué cachondo. Como era un partido poco atractivo faltaban muchos de los habituales, que habían dejado el abono a un vecino que le cae gordo, a ver si se resfriaba; como eres, Aquilino, mira que si coge la gripe A - nada, nada, que se resfríe, que siempre saca la basura antes que nosotros y la deja en el sitio bueno del cubo, que se chinche. Cuando los invitados, poco conocedores de los códigos de la grada, iban por las filas de asientos desiertas mirando cuál era su número y le pedían a un señor que se moviera un sitio, que ese era el suyo, recibían miradas a mitad de camino entre la incredulidad, el odio y la lástima. Cuanto estos mismos no habituales se reventaban las manos aplaudiendo en los corners a Reyes, recibían miradas a mitad de camino entre la incredulidad, el odio y el paraguazo. Cuando estos mismos no habituales comentaban, quedando veinte minutos, que habían perdido la sensibilidad en varios dedos de manos y piernas y preguntaban al vecino si aún tenían la nariz en su sitio recibían miradas a medio camino entre la comprensión, la piedad y las ganas de decirles que en efecto, ya no tenían nariz y que en sus orificios nasales habían anidado dos bonitas perdices nivales o quizás fueran gansos árticos o puede que búhos de las nieves.


Salió el Atleti y los jugadores saltaron al campo, en su mayoría, en manga corta; la afición se miraba con cara de decir en efecto, estos son tontos perdidos y hasta el recién llegado asentía. Salió Asenjo vestido en tonos panza de mulo y el resto con el terno habitual. Salió Perea aún a riesgo de llevarse ya de salida una lluvia de orejas de burro y salió Domínguez de lateral izquierdo, y no salió con cofia de criada-para-todo porque a su manager, que es de Huelva, le pareció mal. Salió Assunção en el puesto de único medio centro con Jurado por delante, y el primero demostró que hay veces en las que él solito se basta y se sobra para hacerse con su parcela y el segundo demostró que él solito se basta y se sobra para hacerse desaparecer, sin marcaje al hombre del rival ni cobrador del frac ni capa élfica ni nada. Salió Simão por un lado y por el otro salió un tipo que no sabemos quién era pero se parecía muchísimo a Reyes. Salió Forlán con aire entre tristón y reivindicativo y salió Agüero y ahí paramos el párrafo, oiga, que se lo merece.


La congelada afición vio el equipo titular y sus tímidos gestos de sorpresa quedaron ahogados por las múltiples capas de tejido térmico que les protegían del temido Azote del Manzanares, también conocido como Relente del Calderón, ese frío húmedo que viene del río y que le cala a uno los huesos por mucha protección que lleve. El Relente, quiera uno o no quiera, acaba haciéndose con el control por más ropa técnica de montañero profesional que uno lleve, y no hay forma de estar calentito más allá del minuto quince del segundo tiempo. Helaíta, la afición miraba de frente al campo para no girarse mucho y que no le entrara por el cuello una cuchillada del Relente, y por ello se fijaba en la parte central del campo.


En ella, el infiltrado doble de Reyes no llamó en principio la atención de la grada, que asumió la presencia del jugador como parte del proceso de reinserción social que Quique Flores de Calcuta ha iniciado para sacar al chiquillo del mundo de los intocables. La gente se esperaba lo de siempre, esto es, un jugador con inexplicable sonrisa perpetua y pocas ganas de ganarse el jornal pero, oh sorpresa, se topó con otra cosa. El doble de Reyes peleaba los balones, pedía intervenir en las jugadas, tiraba paredes y pases al hueco con sentido, recuperaba la posición y se mostraba al compañero. Fue entonces cuando la sospecha invadió el graderío y la duda se hizo general. No es Reyes, decían unos, no puede ser, es otro, un gemelo. Es un juvenil cedido por el Salamanca, es uno del B que se ha colado en la convocatoria, es un espontáneo que ha aprovechado su parecido físico y está pidiendo una oportunidad, decían otros. Es Reyes poseído por un espíritu extraño, decían algunos más; un espíritu que sabe inglés y habla sin la zeta, añadían algunos mentalistas, muy comunes en la grada de lateral en partidos nocturnos. El caso es que el doble de Reyes, que no se sabe de dónde salió, jugó con ganas y calidad y tiró un pasecito estupendo a Agüero en la jugada del primer gol y la gente se lo agradeció jaleándole cada vez que sacaba un córner y diciendo muy bien, así sí, no como tu gemelo que es un sinvergüenza. Temeroso de que se oliera el pastel el colegiado, Quique Flores de Calcuta decidió retirar al jugador para evitar que se anulara el partido por alineación indebida y el misterioso jugador abandonó el terreno de juego entre ovaciones de otros dobles, esta vez dobles de aficionados exigentes que habían llegado también al graderío en lo que se intuye como la mayor operación de suplantación de personalidad desde los tiempos de Zelig. En ese momento, cuentan los cronistas mejor informados, se descubrió el pastel y quedó demostrado que el Reyes de ayer no era el Reyes verdadero cuando abandonó el estadio en un modesto Ford Fiesta, despidiéndose educadamente de la afición con un fuerte acento gallego.


Tras el gol de Forlán, el partido se durmió. Se durmió el Atleti y se durmió el rival, muy limitadito y con pocas ganas de jugar, quizás intrigado por el prodigio visto en la banda derecha o asombrado por lo poco que aporta Nakamura, con el ruido que ha montado. Se durmió la afición e hizo poco ruido durante un rato largo, como para no despertar al vecino que había cogido la postura o no romper el hechizo que había convertido a Reyes, o a su doble, en un futbolista. Forlán mostraba un poco más de alegría que hace unas jornadas, Simão jugaba tranquilo ante la poquita presión que hacía el rival y Assunção se bastaba para barrer su zona de banda a banda, cortar balones y dárselos al compañero. Jurado, como es habitual, no hacía nada: al ataque no se sumaba y en defensa no aparecía. Jurado tiene como característica encimar a su rival al trote y a un mínimo de siete metros de distancia.


- Es por lo de la gripe A, que se lo ha dicho su madre

- Ah


Y cuando la grada se esperaba un nuevo partido plúmbeo de esos que se complican cuando el equipo recula quedando diez minutos, Agüero dijo que no. No, dijo Agüero, ¿cómo que no? Que no, que no, que yo quiero jugar, oiga. Agüero lleva unos cuantos partidos mostrando más interés, más ganas de agradar y más ganas que jugar que todos los demás juntos, y cuando una estrella que juega en un equipo malete se porta así, se antoja sospechoso a los más escépticos. En fin. El árbitro, a todo esto, pitó una falta en un sitio cercano a la del gol del Chelsea y nadie quería tirarla. Yo tengo los pies fríos, yo tengo miedo de sufrir una elongación en el isquio-tibial, yo no sé lo que es eso pero que la tire otro. El Kun quiso tirarla y la tiró de manera sublime, al palo corto, baja, botando en el propio palo, imposible para el portero. Gol del Atleti, el partido se tranquilizaba, el equipo salía del descenso y la gente debía estar ya congelada, porque si no, conociendo el percal reciente del Calderón, habrían hecho la ola y propuesto ir a Neptuno a bailar la conga.


Y cuando parecía que no había más pescado que vender, el Kun no estuvo de acuerdo. Le dio igual dejar en evidencia a los rivales, le dio igual dejar en evidencia a los compañeros, le dio igual disparar los rumores sobre si lo que quiere es lucirse para que le compre el Chelsea y le dio igual convertir las pupilas de la directiva en signos de dólar y provocar un paro cardiaco en el palco ante la posibilidad de que su cotización se dispare. El Kun volvió a marcar un gol feucho tras un rebote en el área pequeña y el Atleti, con tres cero, pensó que ya. Que ya estaba, que qué alegría, que para la ducha y a cenar, que es lo que nos gusta. Pero no el Kun. El Kun quería más y lo dejó claro: quiero más. Soy un jugador diferente, quiero más, si puedo meter cinco meteré cinco, y si puedo meteré más; yo lo que quiero es mejorar, ganar, hacer cosas que sólo hacen unos pocos y, de entre éstos, sólo los que son buenos. Le llegó un balón al Kun en medio del campo con el partido resuelto y dijo ésta es la mía. Se la pudo dar a Maxi, se pudo limitar a pasar el balón al compañero y no quiso. Arrancó, provocó a los rivales, tiró de potencia y motivación en el minuto noventa de un partido resuelto, se fue por calidad y ganas y, cuando podía tirar a puerta, encima le dio un balón a Maxi, el compañero que marcó el cuarto. El Kun convirtió un partido anodino en un partido de fútbol, convirtió un balón insulso en el medio campo en un golazo y convirtió una noche gélida en una noche no tirada a la basura. El Kun, en fin, se comportó como un jugador de fútbol, algo cada vez menos frecuente en el Calderón.


El Kun dice ahora cosas que invitan a pensar que no le veremos mucho tiempo con la rojiblanca. Me quedo hasta junio, dice el Kun, y ya se sabe en este deporte que cuando alguien dice que se queda es porque está pensando en irse. El Kun vale mucho dinero y ya se sabe en este equipo que todo lo que huela a dinero desaparece en una maraña de contabilidad creativa, intermediarios y fincas con ganadería. El Kun quiere llegar a ser una estrella mundial y para eso necesita un Club capaz de retener lo bueno y no venderlo por treinta monedas. Y, como bien sabe un tipo con pecas nacido en Fuenlabrada, éste, aunque nos pese, podría ser el sitio idóneo pero hay un par de tipos que ni saben ni quieren ni pueden entenderlo.

jueves 26 de noviembre de 2009

Apoel de Nicosia - Atlético de Madrid ...

... o la breve crónica de un partido jugado contra un rival menor terminado con bochornoso empate en el que el Atleti no hizo nada de mérito salvo conseguir dormir, que ya casi ni irritar, a la afición propia que, congregada en bares, asistió al espectáculo con el alborozo con el que se hace la declaración de la renta, se repasa un balance o se mira la pared mientras se seca la pintura:








Bah...