Salió el Atleti a jugar el partido en el que la grada se juega el orgullo y lo hizo con la intensidad de quien juega al bingo solidario.
Desde hace algunos años se viene jugando en Madrid un partido de fútbol - o más bien dos, que se juega normalmente dos veces al año - que enfrenta al equipo antes conocido como Club Atlético de Madrid contra el otro equipo grande de la capital, su rival geográfico, social e histórico. El partido, llamado derbi o derby o vaya Vd a saber cómo y por qué, se llama también el clásico de Madrid y en su momento se comparaba con otros choques entre equipos punteros de la misma ciudad que se celebraban en otras partes del mundo. Liverpool, Milán, Manchester, Glasgow, Londres, Buenos Aires, Rosario, Río, Roma, Sevilla y alguna más tienen también clásicos, partidos entre equipos vecinos en los que se pone en juego mucho más que los puntos que da cada victoria o cada empate. El derbi sirve para abrir o cerrar heridas históricas, hacer apuestas, dejar de hablar con amigos del alma, juntar y romper familias, dejar de ir a bares o ir sólo a otros, recuperar el orgullo o verse obligado a defender la dignidad con labia, argumentos, desprecio o el vuelo de sillas en el caso de que las cosas no hayan ido bien del todo. En todas las ciudades grandes con tradición futbolística la gente es de un equipo y va con esa circunstancia al fin del mundo; busca instintivamente los bares en los que se reúnen sus correligionarios, nunca compraría un coche con los colores del rival, evita para sus hijos los nombres de pila de jugadores del oponente, gusta de los barrios en los que los suyos son mayoría y da cortes de manga cuando pasa cerca del campo enemigo en autobús, aunque éste esté lleno y se asusten mucho las señoras mayores. La gente es de su equipo y por tanto ve en el rival la perfecta metáfora de la infección vírica a gran escala, el símbolo de todos los males, injusticias y trampas, la causa de todos los problemas y la diana de todos los odios. Esto, naturalmente, siempre ha pasado en Madrid, ciudad en la que la gente respetable y de fiar siempre ha sido del Atleti y, el resto (junto con gran cantidad de no aficionados, turistas japoneses y hombres de negocio con contactos y corbata), de su molesto rival del norte.
El clásico de Madrid, derbi castizo y pasional que ha dejado páginas y páginas escritas sobre la lucha entre el bien y el mal, este último revestido del infecto color blanco, ya no se juega. Hace años que lo sospechábamos, pero ahora ya lo sabemos. Y no es que se haya dejado libre su fecha en el calendario, no, que se aún aparece en las quinielas y en los periódicos. Y no es que las partes hayan preferido llegar a un pacto de no agresión y empatar siempre para evitar las grandes cantidades de muebles arrojados por las ventanas, adolescentes rebeldes expulsados del hogar familiar y conventos incendiados que seguían a los partidos, no. Tampoco ha intervenido
Desde hace unos años, cifra exacta que no reproduciremos por si estas líneas las lee algún señor mayor que se pueda llevar un susto, en el Calderón ya no se juega el derbi. No se trata de que no se gane al rival, de que se pierdan partidos que nunca se debieron perder, de que se reciba siempre un gol en los primeros minutos, de que se violenten lastimosamente las cifras que muestra la historia. No se trata tampoco de que los equipos que el Atleti saca en esa cita anual no estén a la altura no ya de su historia, sino de la historia de su filial, ni tampoco del atentado a las buenas costumbres que supone que, desde hace años, en un día tan importante para afición y estadística ande por el campo saludando al respetable un mapache mellado lleno de lamparones. No es tampoco cuestión de superioridad futbolística de uno sobre otro, ni de disparidad en el número de puntos obtenidos ni del número de errores arbitrales sufridos por los locales, ya parte tan integrante del clásico como la porra de bar, la llamada del cuñado impertinente y las discusiones con el departamento de contabilidad en pleno. Sencillamente, el derbi dejó de ser un derbi y se convirtió en un partido normal, en uno más, un partido intrascendente de resultado previsible, una página más en una guía de teléfonos. Un partido que el rival prefiere no perder pero que sabe que va a ganar, y, sobre todo, que no va a tener que pagar con sangre, sudor y lágrimas el haberse metido en un avispero. Un petardo, oiga.
Todo esto no es cosa nueva, pasa desde hace unos años, es la crónica de la anunciada muerte de un partido histórico que presagia un fin quizás similar para una de las entidades que hay detrás de él. Desde hace unos años, y en especial desde que sobre el club recae la maldición de ser gestionado por una pareja cómica que, de ser protagonistas de una serie de dibujos animados serían probablemente interpretados por un erizo bajito con traje azul y un lenguado alto y delgado, el derbi ha quedado para lo anecdótico y nunca para lo esencial. El derbi ya no es un partido a cara de perro del que salir rabioso pero orgulloso cuando se pierde, o feliz hasta el infinito cuando se gana. El derbi ha quedado para que los reventas hagan frente a la crisis y para que aquél al que le sobra una entrada le de una alegría a un cuñado. Ha quedado para que cuando uno se cruza en el ascensor con el vecino en vez de mirar al suelo diga bueno y hoy qué, a ver, yo creo que ganáis, no sé, no creo, son muy malos, bueno, este es mi piso, hala, hasta luego. Ha quedado para que la policía lo pase pipa estrenando sus juguetes en los alrededores del campo y puedan dedicarse a su divertimento favorito: tutear al ciudadano con aire amenazante escondidos tras un pasamontañas, un casco blindado, una coraza de samurai y una porra de reglamento. La policía también exhibe coqueta sus caballos, todos la mar de bonitos y bien cepillados, sobre todo un alazán altísimo que es un clásico en el estadio y cuya cabeza cualquier día vemos sobresalir por encima del segundo anfiteatro pidiendo más intensidad defensiva a Jurado. Uno diría que en los últimos años los más felices tras el derbi son los policías acorazados, que vuelven a casa con los ojos brillantitos y cuelgan el casco en el perchero y le dicen a su señora hola cariño, mira, hoy vengo contento, hoy amenacé al contribuyente sin ningún tipo de modales y con ese aire tan nuestro de decir mire yo tengo una porra y malas pulgas y si Vd muestra lo mismo desde su lado, le aporreo ayudado por mis compañeros y además le detenemos, le llevamos a juicio y testificamos todos a una diciendo que fue Vd el responsable de la pérdida de Cuba. La fuerza pública necesita motivación, oiga, de alguna manera habrá que tener contenta a la muchachada.
Aunque el ambiente pre partido pueda ser algo más especial de lo normal, una vez dentro del campo el derbi dura poco. Y es que desde hace unos años el Atleti, equipo que cada vez aparece en público en menos ocasiones, no aparece en el derbi y, lo que es peor, tampoco lo hace la afición. En día de derbi es cierto que acude más gente al estadio y es verdad que el ambiente es algo más intenso que en otros partidos, pero la grada, obviamente contagiada por lo inoperante de los jugadores, no vive el partido como debiera ni como le gustaría. La grada, resignada, va al campo esperando un resultado negativo que últimamente por desgracia se suele confirmar y, hastiada, ya hace poco por evitarlo, por contribuir mínimamente a ayudar a unos jugadores que, por lo general, ni merecen la ayuda ni sabrían qué hacer con ella. La grada vive el partido con nervios pero sabedora de que lo normal es que pronto se disipen, una vez se encuentren con el gol en contra y, lo que es peor, con la sensación de indolencia y desidia que muestra el equipo últimamente en estas ocasiones. La grada vive el gol rival con la resignación del que sabe lo que va a ocurrir y no va a poder evitar, y con la desesperación del que sabe que el llamado a evitarlo no tiene ningún interés en hacerlo. La grada ya no ruge como antes, quizás harta de hacerlo sin resultado, quizás por no asustar a sus propios jugadores quienes, frágiles como alevines, ausentes como enfermos anestesiados e impotentes como los pobres clientes del mayor anunciante de la revista oficial del club, salen a jugar contra el enemigo histórico con el único objetivo de obtener una camiseta del rival para su sobrino, que es que se le acaba de caer un diente y le haría ilusión, al chico.
Como el derbi ya no es derbi ni nada que se le parezca, durante el mismo pasan cosas increíbles a ojos del que vivió el partido en otras épocas. Por ejemplo, para asombro del respetable, durante el derbi de ayer se pudo ver a varios jugadores trotando con aire de niña que va de picnic campestre mientras se replegaba el equipo, ajenos a la urgencia de recuperar la posición cuando el rival contraataca; en este apartado destacaron Cléber y Jurado, auto investidos en jugadores sin obligaciones defensivas, y Reyes, de nuevo luciendo despiste y ausencia. Si en el pasado algún jugador hubiera vuelto al trote tras perder un balón en un partido similar, no sólo habría recibido la ira de la grada sino que se las habría tenido que ver en el vestuario con algún compañero con bigote; ahora se reclama la titularidad de los protagonistas y se les ovaciona cuando salen. Pudo verse también el asombroso espectáculo de un rival celebrando un gol con un ridículo baile simiesco, haciendo pareja artística con otro compañero; ambos jugadores, por cierto, protagonizaron hace poco tiempo uno de los episodios más lamentables que uno recuerda en un campo de fútbol y son ahora ídolos de su señorial afición. En el pasado un gol en el Calderón se celebraba con la urgencia del que no quiere perder la concentración, sabedor de que el rival es mucho rival y que un momento de despiste conduce a la derrota; ahora se celebra bailando el bimbó y a la gente le parece bien. Pudo verse a un jugador local intercambiando su camiseta con el portero rival al medio tiempo, con cero dos en el marcador y a los ojos de todos. Pudo verse por televisión a un empleado del club, vestido con el uniforme de la empresa de seguridad que vela por la tranquilidad en la grada, haciéndose fotos entre risitas con el portero rival, en el césped del estadio y en directo para toda España; cuando este mismo empleado acuda a quitar alguna de las pancartas que desde el palco exigen retirar por cometer el pecado de llamarles por su nombre, imaginamos que llevará orgulloso la foto del enemigo como salvapantallas del móvil (eso sí, al menos no se le podrá acusar de incoherente). Y es que por más que la gente pueda ser del equipo que le dé la gana, antes había cierta discreción a la hora de trabajar para el enemigo.
- Bueno, y del partido de ayer ¿no dice Vd nada?
- No
Bueno, sí, sí digo, pero poco. Poca cosa. Que Ujfalusi fue quizás el mejor, siempre dispuesto a ofrecerse y con mucho acierto en entradas por la banda y en el pase. Que el Atleti es un equipo inocente que no alcanza a entender ni aprovechar cuando el rival tiene defensas con clara querencia a la tarjeta amarilla hasta que no sale Agüero. Que salir con Cléber, Jurado y Reyes juntos es dar demasiada ventaja a un rival que tiene jugadores en edad adulta. Que Raúl García debe estar pensando que por qué nadie le ayuda, por qué siempre tiene que correr por tres y bailar con la más fea. Que Asenjo tiene serios problemas a la hora de saber dónde queda exactamente la portería a su espalda, y esto no es especialmene tranquilizador. Que Perea, tras años de pifias, no ha conseguido entender que no debe sacar el balón jugado y limitarse a hacer lo poco en lo que no aporta riesgo de desgracia. Que Perea, siendo un desastre, no es al único que hay que pitar cada vez que la toca. Que Forlán está peor que nunca, impreciso hasta la desesperación en los controles y con una obcecación con el gol poco sana. Que Simao debió marcar la que tuvo o dársela a Forlán, que le acompañaba en buena situación, y que debió explotar más el tener frente a él el lateral con menos seso del fútbol mundial. Que Pablo quizás cometió errores y tuvo aciertos, pero fue el único que tuvo la torería de salir al sprint cuando salió su número en la tabla del cuarto árbitro, demostrando que a él sí le preocupa perder tiempo cuando el equipo pierde. Que contra un rival limitadito encajar tres goles en tres tiros que van dentro es un dato preocupantísimo. Que Jurado probablemente signifique “intrascendente” en el idioma de los antiguos tartessos gaditanos y que Sinama Pongolle debe ser un plato etíope preparado principalmente en las bodas de los primogénitos. Que Quique tiró un tiempo a la basura, sacando un equipo con demasiados jugadores blandos indignos de jugar en el Atleti y menos en un partido así. Y, sobre todo, que Agüero, aún lejos de su mejor momento, es totalmente necesario en este equipo, más aún cuando su compañero de ataque pasa un momento de juego nefasto que lastra a todo el resto. Que la afición pasa con demasiada facilidad de gritar “jugadores, mercenarios” a bailar al alegre son de las canciones infantiles y que evita gritar contra los responsables únicos del desaguisado con una inconsciencia suicida. Que resulta del todo increíble que se ovacione al final del partido a unos jugadores que sólo jugaron quince minutos y consiguieron maquillar un resultado vergonzante tras un partido que pudo acabar en humillación aún mayor. Que una afición a la que es sencillo acallar subiendo con un mando a distancia el volumen del himno al final de cada partido tiene un serio problema de irresponsabilidad. Y que el año sigue pintando de lo más feo. Muy feo.





